jueves, 3 de mayo de 2012

El nuevo otomanismo de Turquía: ¿mito o realidad?

Mustafa Kemal Atatürk
La moderna Turquía tiene su origen en la derrota del Imperio Otomano durante la I Guerra Mundial (1914-1918) y la guerra de independencia contra los países que, a consecuencia de esa derrota, ocuparon el territorio de la actual Turquía.

Si la Turquía imperial se asentaba en el poder personal del Sultán y el gobierno de sus asesores (que desempeñaban el poder real) gracias a una basta ramificación burocrática, apoyada por la religión musulmana; la moderna Turquía deja de utilizar al Califato musulmán como modelo de Estado y pasa a inspirarse en el Estado liberal europeo, con base constitucional, separación de poderes, Parlamento y alternancia de partidos en el Gobierno.

Los críticos de la Turquía moderno o "kemalista" (en honor de su primer presidente y caudillo en la guerra de independencia turca, Kemal Ataturk) sostienen que, en realidad, la moderna Turquía sustituyó un modelo de centralismo, el del Califato musulmán, por el del Estado europeo. La moderna Turquía aplicó el modelo de industrialización "prusiana" de abajo a arriba, que recicló a las viejas élites en una nueva burguesía, acompañado del liberalismo político y la universalización formal de derechos gracias al nuevo ordenamiento constitucional. Como contrapartida, Turquía pasó a integrarse en el bloque político y económico occidental (integrándose en el bloque ""aliado" de la II Guerra Mundial -al final de la guerra- y, más tarde, en la OTAN en 1952).

Como muchos otros países a la cola del imperialismo norteamericano, Turquía hizo del proteccionismo su seña de identidad económica, hasta la década de los 80, cuando empieza a aplicar políticas de desregulación y liberalización económico junto al resto de países del bloque imperialista occidental. Pero la liberalización económica en Turquía, como en el caso de los "Tigres de Asia", terminó en crisis económica y política, al evidenciarse una corrupción a gran escala y dar pruebas el modelo "kemalista" de agotamiento. Entonces tomó fuerza como solución a la crisis el islamismo político, en auge en el mundo árabe y musulmán.

El problema que entrañaba esta solución es que se oponía al modelo laicista y occidentalista de la Turquía moderna, quedando fuera de su ordenamiento constitucional. El primer partido que intentó introducir el islamismo político y que contó con respaldo popular, el Partido del Bienestar, fue desplazado del poder e ilegalizado gracias a un rápido movimiento del aparato del Estado "kemalista" (militares, políticos y jueces). El siguiente intento de los islamistas por hacerse con el poder político tuvo mayor éxito (en 2001) y, a pesar de las reservas de los sectores atrincherados en el Estado, consiguió encarnar tanto el impulso occidentalista como el resurgimiento del Islam político.

El nuevo partido islamista "moderado", el Partido de la Justicia y el Desarrollo, buscó su homologación con los partidos neo-conservadores europeos, pidió la entrada de Turquía en la Unión Europea, y se sumó a la globalización capitalista y al libre mercado, reafirmando su compromiso con el Estado centralizado "kemalista". En definitiva, reafirmó el pacto de la nueva burguesía turca con las potencias extranjeras, a cambio del libre circulación de mercancias, y la opresión económica y política de los sectores populares con los nuevos instrumentos del Estado moderno.

La influencia de Turquía en el mundo no ha parado de crecer junto con la reconfiguración del bloque imperialista norteamericano, mientras se ha seguido manteniendo a raya a los sectores populares y de izquierdas turcos: disolución de Yugoslavia y del bloque oriental socialista, persecución de los kurdos y de su partido de vanguardia (el PKK), destrucción y conquista de Irak (país con el que comparte frontera), acuerdo de libre comercio con Siria.

La Turquía "islamista", sirviendo a Occidente y a la causa del islamismo político, no ha dejado de servir tanto a los viejos sectores del "kemalismo" como a los nuevos sectores que quieren aprovecharse de la apertura económica al exterior, y que constituyen la base social del partido islamisco moderado en Turquía. En definitiva, Turquía también ha querido beneficiarse de sus servicios al imperialismo occidental ampliando la base económica de su burguesía y participando de las políticas neo-coloniales de Occidente para el Mundo Árabe (antes competidores, ahora aliados en la depredación de los países árabes), contando, además, con el total entendimiento de las castas parasitarias que gobiernan los países del Golfo Pérsico, aliados seculares de EE.UU. y para las que, también, un Mundo Árabe independiente sería contraproducente a sus intereses de casta y familiares. 

El actual expansionismo turco, que combina en un cóctel explosivo religión, política y milicia, va en contra de los fundamentos doctrinarios de la Turquía anti-aristocrática y nacionalista y, por eso, levanta protestas tanto a izquierda como a derecha del espectro político.

La adopción del antiguo Imperio Otomano de la religión musulmana se debió a un puro interés estratégico para someter de forma más efectiva y directa a los pueblos que incluía. Por lo tanto, no es la religión la seña de identidad turca más característica, aunque sí del grupo social que, actualmente, se beneficia del sub-imperialismo turco. Si, finalmente, Turquía no entrá en la Unión Europea, se hará un favor a ella y a los países de la Unión Europea. En todo caso, el contrato de Turquía con la Unión Europea es, en definitiva, el contrato de Turquía con EE.UU. ¿Le puede interesar a Turquía formar parte de una zona que está en franca recesión económica? Por el bien de los pueblos de dentro y de fuera de Turquía esperemos que esa incorporación nunca se produzca, porque multiplicaría los problemas que ya de por sí ha generado la Unión Europea y el neoliberalismo para los pueblos inscritos en esa alianza de imperialismos regionales.

Fuente: La Izquierda Real