lunes, 27 de agosto de 2012

La alargada sombra de Jimmy Carter

El presidente de EE.UU, Jimmy Carter (1977-1981) puede ser recordado por los Acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel, por el inicio de relaciones diplomáticas con la República Popular China y por la crisis de los rehenes norteamericanos en Irán.

En medio del triunfo de la Revolución Islámica de Irán, un grupo de estudiantes (unos 500) entran en la embajada de EE.UU. en Irán y secuestran a su personal en protesta por la acogida de EE.UU. al antiguo rey de Persia, al que acusan de crímenes contra el pueblo de Irán.

La crisis de los rehenes, que estalló a finales de 1979, duró aproximadamente un año, y coincidió con un año de elecciones presidenciales. Tras intentar varias vías, finalmente Carter optó por la vía militar: dió orden de que se pusiera en marcha un operativo para liberar a los rehenes de la embajada norteamericana.

La vía militar para la resolución de la crisis también resultó un fracaso estrepitoso, además de una pésima campaña de imagen para Carter, que optaba a la reelección presidencial. El nuevo presidente de EE.UU., Ronald Reagan, fue quien resolvió la crisis, recurriendo al poder legislativo de EE.UU. e Irán y a la vía diplomática.


En 2012, EE.UU. encara la recta final de un año electoral en el que los dos principales candidatos, el demócrata Barack Obama y el republicano Mitt Romney, compiten por ver quién es el más patriótico, aguerrido, sionista e injerencista.

La política del "apaciguamiento" reemprendida por Obama, y que caracterizó a gobiernos del partido demócrata como el de Kennedy, la política de calmar las tensiones y no emprender acciones militares directas, esa política ha encontrado su contrapunto con un recalentamiento de las tensiones en América Latina (dos golpes de estado en Honduras y Paraguay, otro frustrado en Ecuador) y en el Mundo Árabe (las guerras de Libia y Siria).

El "nuevo contrato" que Barack Obama ofreció al mundo musulmán en El Cairo en 2009 se ha revelado como toda una operación de intoxicación y recambio de regímenes, rebajando la lucha contra el terrorismo yihadista o, incluso, aliándose con él si fuera preciso, como ya hiciera EE.UU. en Afganistán en la década de 1980.

Además de eso, y en sintonía con el discurso que diera ante el Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí (grupo presión sionista en la política norteamericana) siendo todavía candidato a la presidencia por el partido demócrata en 2008, Obama ha reforzado la colaboración y apoyo de EE.UU. a Israel, sin protestar en ningún momento por sus ataques a la población judía o por sus flagrantes violaciones de los Acuerdos de Paz de Oslo de 1993, limitándose a realizar un papel de moderación de las exigencias de Israel en Oriente Medio, con alguna tímida crítica, como la declaración de Obama en 2011 acerca de que Israel debería ajustarse a las fronteras territoriales anteriores a la Guerra de los Seis Días (1967) --algo que ya había dicho George W. Bush tres años antes.


Obama puede llegar a convertirse en el gran comodín negro con el que EE.UU. emprendió la re-colonización de África y Oriente Medio, frente al expansionismo chino, y en colaboración con el neocolonialismo europeo.