martes, 11 de septiembre de 2012

El Golpe de Estado fascista en Chile

Buscando los extremos del espectro ideológico

Por Eloy García

En 1973, Augusto Pinochet alcanzaba el poder en Chile mediante un golpe de Estado. Se iniciaba así una sangrienta dictadura que, según los medios oficiales, se llevó consigo a más de 40.000 vidas inocentes e hizo desaparecer a otras tantas. Aunque el objetivo de este artículo no es profundizar en las pérdidas humanas del conocido como Régimen Militar, cabe apuntar la posibilidad de que los estragos provocados por tal período hayan sido escasamente revelados a la humanidad, debido al consabido apoyo de los Estados Unidos a tantas dictaduras favorables a sus intereses económicos basados en la democracia y libertad.


A pesar de todo, el régimen instaurado por Augusto Pinochet nos ha dejado un profundo legado que, por desgracia, va mucho más allá. Diferenciándonos de la represión política y el carácter ultraconservador del dictador, Pinochet tuvo la valentía de llevar a cabo profundas reformas económicas que llevaron al extremo el concepto de libre mercado y que, al ser estudiadas, no pueden si no dejarnos una enorme sensación de deja-vu con respecto a nuestros días. El inicio de las políticas de recortes y austeridad, la teoría del shock y la acción-reacción-solución y el desmantelamiento del Estado de Bienestar son fenómenos de un parecido escalofriante a nuestra actualidad.

Milton Friedman y sus chicago boys fueron los encargados de sentar las bases del llamado neoliberalismo, y vieron en Chile un paraíso para experimentar con sus políticas económicas gozando de plenos poderes. Así, se privatizó una gran parte de las empresas estatales, se suprimieron los préstamos de vivienda, el gasto público se redujo un 20% y se despidió a un 30% de los empleados públicos que, obviamente y tras el proceso de desestatalización, poca falta hacían. Tales medidas tuvieron efectos devastadores al aumentar el desempleo en cifras récord o provocar la quiebra masiva de pequeñas y medianas empresas, que se vieron completamente desamparadas, pues la única salida para las empresas de mayor tamaño fue reducir sus plantillas de forma drástica.

Si los paralelismos con nuestra situación económica ya dan miedo, mejor no profundizar en cómo la moneda chilena fue cambiada al Peso, o los abusos de los grandes empresarios con las descontroladas masas de trabajadores en paro. A pesar de todo, sería falaz cargar toda la culpa sobre los dogmas neoliberales al régimen de Pinochet: Tatcher, Reagan y los continuadores de su legado empezarían a crear una profunda crisis democrática y moral en la vida política, extendiendo entre la población el sentimiento general de que no había alternativa y tocaba apretarse el cinturón ante los designios de entidades económicas superiores que nadie había elegido.

El posicionamiento ideológico

Es curioso como nadie duda en calificar como una brutal dictadura el régimen de Pinochet. Sin embargo, hemos visto como sus políticas económicas son tremendamente parecidas al concepto neoliberal del libre mercado que vivimos hoy en día, y que pretende minimizar hasta límites insospechados la intervención del Estado en la economía.
Tales hechos nos allanan el camino para realizar una profunda reflexión: ¿Dónde está el extremo del espectro ideológico? En anteriores artículos hemos hablado de como el capitalismo y sus clases dominantes manipulan todos y cada uno de los aspectos cotidianos para convertirlos a su favor. En el espectro clásico de izquierda-derecha ocurre lo mismo. 

Este rango político tiene sus extremos en la llamada ``ultra-izquierda´´, que representaría un modelo –y que corresponde al socialismo real que conocimos hasta la caída de la URSS- de economía centralizada y planificada al máximo, y la conocida como ``ultra-derecha´´, que corresponde a ese fascismo totalitario en el que las clases dominantes no pueden moverse a su gusto, pues están sujetas a un gobierno que reúne todos los poderes en una o muy pocas personas.

 Es obvio que ambas formas representan modelos diferentes a aquello que resulta favorable a las entidades económicas que nos controlan –en el caso de la izquierda, un sistema radicalmente diferente-, por lo que se han esforzado en manipular profundamente estas denominaciones para hacernos creer que, por defecto, el centro del espectro político es exactamente lo que vivimos hoy día, cuando hemos llegado a cotas de barbarie verdaderamente asombrosas: el libre mercado llevado hasta sus últimas consecuencias significa también la libertad para explotar a las masas trabajadoras, matar de hambre a un 70% de la población mundial o provocar que el nivel de desarrollo de las naciones sea indiferente a los miles de personas que cada día rebuscan en la basura algo que llevarse a la boca.

De esta manera, no es de extrañar que, en el caso de España, el PP –partido que, tal y como afirma el gran Vicenç Navarro, es uno de los más ultraconservadores de toda Europa- siga considerándose en sus estatutos un partido de centro-derecha. A su vez, el PSOE se aprovecha de la confusión entre liberalismo y progresismo para aplicar políticas neoliberales y continuar con una base social progresista –matrimonio homosexual, cierto laicismo, regulación del aborto- y engañar a sus votantes con la falsa etiqueta de partido de izquierda.

Esta representación teatral tan perfeccionada a lo largo del tiempo tiene su culminación en UPyD, partido que conoce bien este fenómeno y que se auto-denomina como transversal o de centro, considerando que el espectro clásico está desactualizado y llevando a cabo medidas que a su propio juicio están fuera de cualquier juicio relacionado con la izquierda o la derecha. Teniendo en cuenta que sus referentes son, al igual que ya vimos en Pinochet, Friedman y toda la camarilla de clásicos del neoliberalismo, y que hacen gala de un nacionalismo español extremista… ¿Dónde podríamos situarlos? ¿En el extremo centro, quizás?

He ahí el enorme problema de los peligros que entraña no considerarse ni de izquierdas ni de derechas. Un discurso que ha sido parte esencial de la verborrea histórica de la ultra-derecha –cualquier discurso de Rosa Díez es perfectamente comparable a cualquiera de José Antonio Primo de Rivera- y que tiene por trasfondo intereses populistas. Aquellos que nos consideramos parte de la izquierda transformadora –radical, revolucionaria o como quieran llamarnos- sabemos que, a pesar de todo, hay algo que nos ata profundamente a ese espectro ideológico clásico. Al fin y al cabo, no es un problema de ideologías. Tal y como diría Karl Marx hace mucho, mucho tiempo, todo sigue siendo un problema de clases sociales. La madre del desarrollo de las sociedades sigue siendo la lucha constante entre ricos y pobres, y por ello no podemos renegar a reafirmarnos como militantes de izquierda.

Y mientras tanto, el capitalismo seguirá globalizando sus formas. Las acciones de subversión ideológica que las clases dominantes llevan a cabo no se limitan a las fronteras de los Estados-nación, pues bien sabemos que aquellos países que gozan de mayor poder económico no sólo obligan al resto de países del mundo a aceptar el capitalismo como forma de producción, si no a cumplir a rajatabla esa forma de libre mercado llevado al extremo, con políticas orientadas a satisfacer sus designios. El Imperialismo es el verdadero y único objetivo de la globalización, bajo amenaza de ataque nuclear.

La mayoría de economistas neoliberales han llegado a ciertas conclusiones tras conocer el legado económico del régimen de Pinochet. Hayek, reconocido economista neoliberal, dijo respecto a esto:

``Estoy totalmente en contra de las dictaduras. Pero un dictador puede ser necesario para un período de transición. (…) Como comprenderán, es posible para un dictador gobernar de forma liberal. Es posible para una democracia gobernar con una falta total de liberalismo. Personalmente prefiero un dictador liberal a un gobierno democrático sin ningún tipo de liberalismo.´´.
Así que ya vemos de qué pie cojea el extremo centro.

Para terminar, sería interesante poner de relieve una pequeña curiosidad. Lucía Hiriart, esposa de Pinochet, creó las llamadas Damas de Color, grupos de mujeres de alta alcurnia que realizaban actividades benéficas para ayudar a los sectores más emprobrecidos de la sociedad chilena. Quizá podríamos denominarlo como un pequeño lavado de cara de carácter populista para reafirmar un falso compromiso del gobierno con las clases populares.

En los últimos años, el número de ONG y demás organizaciones sin ánimo de lucro que adoptan medidas paliativas para buscar una solución temporal a las crecientes desigualdades sociales, se ha disparado. ¿Curioso, no?