miércoles, 9 de enero de 2013


Cuando uno lee el Plan de Reconciliación propuesto por el presidente sirio Bashar al Assad el 6 de diciembre en Damasco no puede dejar de experimentar cierto “revival” de cosas ya vistas.

Es decir, ya se ha hecho una reforma de la Constitución, y ya se han celebrado unas elecciones parlamentarias en “pluralidad política” en Siria, como muchos actores políticos sirios han reconocido, algunos perseguidos en las condiciones inmediatamente anteriores a las manifestaciones de marzo de 2011. Es verdad que esa apertura del “régimen” no ha sido publicitada debidamente en Occidente, que concede al presidente sirio un tratamiento de “enemigo”, tratamiento denunciado con toda razón por el propio presidente.

Sin embargo, algunos creíamos que la culminación del proceso de apertura y negociación del Gobierno sirio con la oposición serían unas elecciones presidenciales. Si el presidente Assad no habla de elecciones presidenciales, por ahora, es que las deja para cuando legalmente deben realizarse, es decir, para 2014.

Siria no ha caído, y eso se debe, entre otras cosas, a que ha encontrado una alianza de países y de pueblos que lo han impedido, además del heroísmo desarrollado por los propios sirios. Dice el presidente Assad que nadie tiene derecho a dictar a Siria lo que tiene que hacer, en condiciones normales. Lo cual es absolutamente cierto. Pero, en las condiciones extraordinarias en que vive Siria, con una alianza de países y fuerzas militares (la primera, la OTAN) agresivas deseando devastar el país y gobernarlo cada cual a su antojo, ¿Siria no debe escuchar a las voces internacionales? Nos consta que lo hace y, por eso mismo, nos extraña que se plantee como nuevo un programa reformista que ya es viejo.

Somos los primeros que estamos convencidos de que el Frente Nacional Progresista, liderado por el Baath (partido árabe socialista), u otro similar, debe ser el que siga dirigiendo el futuro de Siria. Pero, ¿será Assad la personalidad que encarne la nueva Siria? De la misma forma que Chávez en Venezuela ha podido “nombrar” a un sucesor a la altura de su obra y del proyecto político que encarna el Partido Socialista Unido de Venezuela, ¿no podría surgir un sucesor digno de Assad?

Son conocidas las dificultades que el Baath tuvo para encontrar un sucesor de Assad padre y, al final, tuvo que recurrir a Assad hijo. Tampoco es nuevo este principio dinástico en las Repúblicas: los Bush, los Clinton, los Castro, los Kirchner.

Suponemos que si el presidente sirio no contempla un adelanto de las elecciones presidenciales es porque no le conviene a su país. Sólo esperamos que la República Árabe Siria dure hasta la celebración de esas elecciones. Porque los misiles Patriot desplegados por la OTAN en la frontera turca hacen presagiar todo lo contrario.

Cuentan los compañeros de la Red Voltaire, por medio de un especialista italiano, que Francia en el siglo XIX también recurrió a la misma cantinela de los derechos humanos para “colonizar” Siria (véase “Intervención humanitariaen Siria, hace 150 años”). Y, visto con perspectiva, creemos que Siria está ahora mejor preparada para contener esa acometida colonizadora. Lo que ocurre es que, a mayor grado de desarrollo de la tecnología, y también del derecho, mayor grado de destrucción pueden cometer los mercenarios pagados por los colonialistas.

El mundo del imperialismo arde por los cuatro costados, destruido por su propia crisis, y por ello mismo se vuelve más sañudo y violento.

En la entrevista que concede el mismo día que presenta públicamente su “plan de reconciliación” a la cadena internacional Russia Today, el presidente Assad no cree oportuno, en estos momentos, hacer un balance de los errores políticos cometidos que han desencadenado el actual “conflicto armado interno” (tal y como lo definen la ONU y la Cruz Roja Internacional). Sin embargo, todo apunta a que el Gobierno hizo ese balance desde los primeros días de la revuelta. ¿Cómo si no entender el levantamiento del Estado de excepción, la legalización de partidos, la reforma constitucional (en febrero), las elecciones parlamentarias (en mayo)?

En la misma entrevista, Assad señala que en Siria no se produce un enfrentamiento civil armado. Entonces, ¿por qué el “plan de reconciliación”? No encontramos ningún demérito a un plan de reconciliación, a un programa de reformas políticas. Concretamente, en España fue Franco, hasta donde llega nuestra joven memoria, el que puso en marcha una “farsa” de reconciliación nacional; más tarde, el mismo Partido Comunista (en el exilio y muy perseguido) se apropió de la idea, hasta terminar con nuestra “Transición”, que también se hizo bajo el ideal de la reconciliación nacional. Nuestra Transición política fue, no en vano, otro programa de reformas políticas, iniciado tímidamente bajo el franquismo, relanzado por los herederos del franquismo, y que terminó en nuestro actual estado (democrático y) de derecho, que según voces autorizadas de la izquierda, como Julio Anguita o CayoLara, puede llevar al Socialismo (sic).

De manera que adelante con las transiciones, pero ojo con sus productos y subproductos. Porque si se acaba como en Libia (zona ingobernable, excepto para servir a los intereses extranjeros, como los de las petroleras europeas y norteamericanas) o como en Egipto (donde un nuevo reyezuelo se ha erguido, esta vez sin corona, para beneficio del integrismo musulmán), mal apaño.

Curioso, en grado sumo, que cuando en Occidente se hace el panegírico de las “revoluciones árabes” nadie se acuerde de Yemen ni de Barein. En Yemen, de cuando en cuando, nos dicen que han muerto decenas de yemeníes, pero se atribuye a un ataque con drones contra miembros de Al Qaeda; así pues, la conciencia ciudadana occidental puede seguir pensando bien (aunque sean esos mismos malvados alquaedistas los que Occidente apoya en Siria, Libia, Irak, etc.). Curioso, nadie se acuerda de las repercusiones de la “primavera árabe” en Jordania o Arabia Saudí, donde existen dinastías que monopolizan legalmente el poder político.

El tema de la sucesión en la jefatura del Estado es la clave de todo el asunto (*). Hasta ahora, Siria había dado lecciones de adaptación a los nuevos tiempos, a pesar de todas las pruebas que se le han impuesto. El plazo de un año es un plazo muy largo de incertidumbre para ver cómo las fuerzas exteriores intentar lograr sus objetivos, ya sea por la vía del diálogo o por la vía de la violencia, o por las dos vías, como nos vienen acostumbrando.

Dice Assad que Siria no vive una guerra civil, y estaríamos dispuestos a darle la razón como hemos hecho en el pasado (véase “Laderecha assadista y sus reflejos”). Pero si el Gobierno sirio quiere de verdad culminar su programa de reformas debe convocar elecciones presidenciales, en la forma y con los medios que garanticen el éxito de todo el proceso.

Benito G.ª Pedraza (miembro de la plataforma No a la Guerra Imperialista)


(*) Como lo fue en la guerra civil española (1936-1939), donde el PCE propuso la convocatoria de elecciones parlamentarias que hubieran dado un fiel reflejo de la correlación de fuerzas en el bando republicano, conforme iba prolongándose el enfrentamiento. Ni que decir tiene que el resto de fuerzas del Frente Popular se opusieron a la propuesta del PCE –aquel que mantenía con mayor coherencia y entrega la unidad política y militar de la II República. Los “críticos” del PCE, es curioso que hoy muchos de ellos en IU, dicen que es mejor así porque sino “hubiéramos acabado como Bulgaria o Polonia”. Tal vez para ellos el franquismo resultara ser una dictadura mucho más benigna.