domingo, 8 de diciembre de 2013

Rusia-Unión Europea: Alianza Estratégica en vez de Cooperación Estratégica

Por Serguei Karagánov (*), (9 de junio de 2007, RIA Novosi / Siglo XXI

De cara a la última cumbre Rusia-UE, celebrada en las afueras de Samara, algunos funcionarios de la Unión Europea decían que las relaciones entre Bruselas y Moscú se encuentran en su punto más bajo desde el período de la Guerra Fría.

Semejante pesimismo se explica, esencialmente, por algunas razones que se esconden detrás de las declaraciones retumbantes y los artículos de prensa. La causa principal es la creciente debilidad de la UE en materia de política exterior, tendencia que va en aumento a pesar del proceso de ampliación e incluso es consecuencia del mismo. Dicha circunstancia pone de relieve el incremento de la influencia y el protagonismo de Rusia en el escenario internacional, especialmente porque Moscú empezó a defender su postura y sus intereses con bastante firmeza.

Durante la cumbre de Samara, el presidente de la Comisión Europea José Manuel Barroso admitió que las fricciones entre Rusia y Polonia, o entre aquélla y Lituania o Estonia, son “problemas europeos”. Anteriormente, los dirigentes de la UE habían preferido desentenderse del problema y afirmar que son asuntos de relaciones bilaterales. Si los veteranos de la Unión Europea realmente se creen obligados ahora a compartir las idiosincrasias y los complejos de nuevos países miembros, es hora de darles el pésame porque las posiciones internacionales de la UE se irán debilitando aún más. Nuestros amigos y socios europeos pueden estimularse cuanto quieran, y hasta negarse a asumir la realidad, pero los intentos de construir una política única sobre la base del consenso, es decir, reservar a La Valeta, Vilnius, Bucarest o Varsovia, por poner algunos ejemplos, la posibilidad de definir esta línea, no son más que una forma del suicidio.

Una década de tales intentos ha reforzado, sin duda alguna, la sensación de solidaridad europea pero ha contribuido también a mermar drásticamente la influencia de Europa en diversos asuntos mundiales. Gracias a esta política del “mínimo común denominador”, Berlín, París o Madrid son ahora mucho menos influyentes que hace 10 ó 15 años.

Lo demostró por una vez más la cumbre EEUU-UE, celebrada hace un mes. El encuentro transcurrió en un ambiente notablemente más cálido que la reunión de Samara pero los estadounidenses no hicieron a Europa prácticamente ninguna concesión. Una de las dos: o ambas partes se habían puesto de acuerdo para evitar acuerdos algunos, o EEUU consiguió imponerles a los europeos un convenio de condiciones obviamente desiguales en materia de aviación civil. Las compañías aéreas de EEUU recibieron el derecho de volar entre ciudades europeas, pero no viceversa. Bruselas aceptó que los ciudadanos estadounidenses viajen sin visado a los 27 Estados de la UE pero no logró que los naturales de nuevos países miembros tengan las mismas facilidades a la hora de visitar EEUU.

La decreciente influencia de la UE significa también que la nueva cultura política de Europa, humanitaria y civilizadora, va a beneficiar en menor grado a otros países, incluida Rusia, y al sistema de las relaciones internacionales en su conjunto. ¿Quién le hará caso a la UE, si su política común es dictada, de hecho, por los hermanos Kaczynski, empeñados en adoptar la ley de inhabilitación profesional casi veinte años después de la caída del comunismo en Polonia? ¿O si esta política es presa de provincianos de Tallin, que arremeten contra monumentos para complacer sus propios complejos?

Que la cumbre Rusia-UE no haya logrado acercar la apertura de negociaciones sobre un nuevo acuerdo marco entre ambas partes, no es una tragedia sino un bien. Si tal acuerdo se hubiera firmado por milagro, los habrían torpedeado los “nuevos europeos” o sus patronos.

Esta situación se mantendrá hasta que las partes entiendan qué es lo que quieren del nuevo acuerdo. Bruselas debería recuperarse del choque, aprender a respetar la postura de Moscú y asumir que ésta ya sabe defender los intereses de empresas rusas y responder con un “no” cuando lo cree oportuno. Los veteranos europeos han de “digerir” a sus nuevos colegas y darse cuenta de que Europa necesita una línea coordinada, no común, en el ámbito de política exterior. Sólo los países minúsculos y los novatos, con su idiosincrasia, salen ganando con una política común.

La ausencia de papeles firmados supone un éxito, no un fracaso de la cumbre celebrada en Samara. Habría sido posible suscribirlos únicamente bajo las condiciones que Bruselas había anunciado de antemano con bombos y platillos. Que yo sepa, también hubo intentos de presentar una serie de ultimátums durante la reunión. A futuro, es necesario continuar el diálogo y la solución de asuntos concretos que implican ventajas para ambas partes. En Samara, por cierto, se han resuelto varios. Pero también se requiere una pausa para entender la nueva correlación de fuerzas.

Tanto las capitales europeas como Moscú deberían asumir la existencia de intereses que les unen y, probablemente, renunciar al término políticamente correcto de “cooperación estratégica”, porque no significa nada.

Hay un interés fundamental. A corto plazo, las posiciones de la UE en el escenario internacional seguirán debilitándose, y va a ocurrir lo mismo con Rusia dentro de 5 ó 6 años a menos que ambas partes se decanten por una alianza estratégica. En una primera fase sería posible construirla a partir de una alianza energética, a través del intercambio de activos. Tal y como se proponía, Rusia podría cederles a los europeos una participación en las empresas productoras de recursos energéticas y, a cambio, participar en las redes distribuidoras de energía.

Por ahora, ninguna de las partes ha madurado para crear tal alianza. Pero es necesario trabajar para que “la tragedia del fracaso”, ampliamente machacada en la prensa, dé un impulso al nuevo concepto de relaciones entre dos partes de Europa y vuelva a generar optimismo en el futuro.

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(*) Serguei Karagánov, presidente del Consejo de Redacción de la revista “Rusia en la política global” (“Rossiya v globalnoi politike”),