domingo, 19 de enero de 2014

La Revolución de Octubre y la concepción leninista

Por Roberto Muñoz, (Suecia, 06/11/2013)
Revolución de Octubre
En la madrugada del 25 de octubre (7 de noviembre según el calendario actual) de 1917,  Lenin comunicaba, en nombre del Comité Militar Revolucionario, cuando las fuerzas revolucionarias se habían apoderado de los puntos estratégicos más importantes de la capital, el triunfo de la revolución al II Congreso de los Soviets de toda Rusia.

Este hecho protagonizado por las masas populares de Rusia lideradas por los bolcheviques bajo la dirección de Vladimir Ilich Lenin, abrió una nueva era en la historia de la humanidad, fue la primera vez que el proletariado triunfaba y se hacía con el poder, poniéndose como objetivo, no el que una forma de explotación sustituya a otra forma de explotación, que un grupo de explotadores reemplace a otro grupo de explotadores, sino la supresión de toda clase de explotación del hombre por el hombre, la supresión de todos y cada uno de los grupos de explotadores, la organización de una nueva sociedad, de la sociedad socialista sin clases.

La Revolución de Octubre no es un acto aislado sino la culminación de una cadena de sucesos que se desarrollaron en la Rusia Zarista desde la década de los años 60 del siglo XIX, en que se comienzan a efectuar las “revueltas” campesinas contra los terratenientes, levantamientos campesinos que obligaron al zarismo a abolir el régimen de servidumbre en l86l, hasta la noche del 25 de octubre de l9l7, cuando la clase obrera, dirigida por el Partido Bolchevique, aliada a los campesinos pobres y apoyada por los soldados y los marinos, derribó el poder de la burguesía, instauró el Poder de los Soviets, creó el Estado soviético socialista, abolió la propiedad de los terratenientes sobre la tierra y la entregó a los campesinos, puso término a la guerra conquistando la paz y creó las condiciones para el desarrollo de la construcción del socialismo.

La Revolución de Octubre es resultado del surgimiento y el desarrollo de la clase obrera y las concepciones del socialismo científico que formularan Carlos Marx y Federico Engels.
Estudiar el pensamiento marxista en nuestros días, no es detenerse en el análisis de una determinada etapa, sino descubrir el escenario en el que surgen en toda su dimensión las contradicciones fundamentales del régimen capitalista, la que deriva del carácter social de la producción y del carácter privado de la propiedad.

El aniversario del triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre, da la oportunidad de profundizar sobre los problemas fundamentales del desarrollo mundial, sobre cómo hay que concebir el porvenir de la sociedad, quien es el portador del progreso y por qué medio es posible realizarlo, cual es el papel de la clase obrera en el desarrollo social y sobre qué base ideológica es concebida y elaborada su estrategia y táctica.

En el Manifiesto Comunista Marx y Engels formulan la siguiente descripción que tiene completa vigencia en nuestros días:  “La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba a sí mismo y en donde no entraba nada de fuera; ahora la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece en la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones, vienen a formar un acervo común

¿Alguien podría sostener en nuestro tiempo que esa realidad así descrita en 1848, ya no existe y que la sociedad de nuestro tiempo se rige por otras leyes o que el régimen capitalista es básicamente distinto en nuestro tiempo?

Es posible admitir que las formas de la dominación capitalista han variado, pero la esencia sigue siendo la misma y plantea a los pueblos de hoy, las mismas tareas que a los de ayer y a los de mañana: acabar con la explotación humana y abrir paso a una sociedad más justa.

Apreciaciones referidas a los cambios en la estructura de la clase obrera, pueden ser válidas, pero ellas no niegan la existencia de las clases en el seno de la sociedad capitalista, ni la lucha entre ellas. La lucha entre las clases es y sigue siendo la rueda de la historia.

Lenin llevó la teoría a la práctica.
Lenin -  filósofo, economista, sociólogo y líder revolucionario, firme seguidor de Carlos Marx y Federico Engels, se basó en el análisis de nuevos acontecimientos y fenómenos históricos, y llevó adelante la doctrina revolucionaria en todos sus aspectos; aportó tesis de importancia teórica a todas las partes integrantes del marxismo.

La tesis leninista que postulaba la posibilidad del triunfo del socialismo en un solo país, y su materialización con la Revolución de Octubre y el establecimiento del primer Estado Socialista, son pruebas contundentes de cómo se fundieron, en el leninismo, la teoría del socialismo científico y la práctica revolucionaria.

Lenin, fue un revolucionario, un político ágil, flexible, dinámico, que revisó, corrigió y rectificó continuamente su obra, adaptándola y condicionándola a la marcha de la historia.

La vida política de Lenin se inició cuando tenía 17 años y su hermano mayor, Alejandro, fue detenido por su participación en un complot terrorista orientado a acabar con la vida del Zar. Alejandro fue un activista de la sociedad secreta “La voluntad del pueblo”, organizada para la lucha contra la autocracia que escogió el camino del terror individual para castigar a los opresores. Su táctica reservaba para el líder de la acción un papel heroico y sacrificado, pero adjudicaba a las masas populares un rol pasivo. En el fondo de esa concepción subyacía la idea errónea de que un pequeño grupo de conspiradores podría derribar al régimen y resolver los problemas de Rusia. Alejandro Ulianov fue ahorcado en marzo de 1887. Vladimir asimiló la experiencia y perfiló su propio rumbo.

Lenin no fue un “revolucionario legal” ni consentido que gozó de las libertades burguesas, sino un combatiente que conoció diversos avatares de la lucha, fue encarcelado por primera vez el 5 de diciembre de 1887 (el mismo año en que fue asesinado su hermano) y debió enfrentar similares apremios incluso hasta la víspera de la insurrección de 1917, cuando salió de la ilegalidad para dirigir el alzamiento victorioso de Petrogrado. Desde temprana edad participa solidariamente en las primeras protestas obreras ocurridas en la región redactando los volantes que acompañaban sus luchas, estudia minuciosamente las obras de Marx, así como los informes y análisis de la realidad rusa que lo ayudaban a comprender los fenómenos que discurrían ante él.

Sus primeros contactos con las figuras más destacadas del socialismo de ese entonces, le permitieron también conocer los grandes temas del debate de su tiempo. Su vida fue una constante polémica con sus críticos, con los mencheviques, con los oportunistas de uno y otro signo y con los reformistas.

El siguiente paso, fue dotar a la organización partidista de una estructura, un Programa y un Plan de Acción que respondiera a las necesidades del movimiento. Lenin se enfoca a las tareas en torno al II Congreso del POSDR de 1903, a las divergencias con los Mencheviques y a su primera polémica política recogida en las páginas de “¿Qué hacer?”, libro fundamental para conocer sus concepciones básicas.

Un nuevo hito en la vida de Lenin estuvo ligado a la Revolución de 1905. La heroica lucha de ese entonces, la insurrección del Potemkim en el mar de Odesa, las Barricadas de Moscú en el barrio de Vyborg, el surgimiento de los Soviets como órganos de auto gobierno integrados por obreros, campesinos y soldados, y el enorme avance de la conciencia revolucionaria de los trabajadores; fueron los elementos que cerraron esta etapa que puso a prueba no sólo la capacidad de acción de los revolucionarios, sino también su calidad política.

Vinieron luego los duros años de derrota, repliegue y dispersión del movimiento, del trabajo del enemigo por minar el prestigio y la autoridad del bolchevismo y descalificar a Lenin. El debate interno con los partidarios de Martov, Plejanov, Trotski, Bogdanov y otros, pero también la lucha abierta contra todas las expresiones del revolucionarismo pequeño burgués. La Conferencia de Praga de 1912 permitió superar la crisis y reconstruir el movimiento, pero también afinar la estructura política para colocarla en disposición de librar la jornada victoriosa que se aproximaba.

Con el inicio de la I Guerra Mundial, a partir de agosto de 1914, Lenin llamaba a transformar la guerra y orientar los fusiles contra los explotadores en todos los países. Los escritos de Lenin recogidos bajo el título genérico de “El socialismo y la guerra” constituyen piezas esenciales para el comprender de la época.

Como lo previeron los Bolcheviques la guerra fue el resultado natural de la crisis de descomposición del capitalismo, que incapaz de resolver sus contradicciones por vía pacífica, alentó el enfrentamiento y la rapiña entre Estados usando a los pueblos como carne de cañón. Esa guerra estaba llamada a debilitar la estructura de dominación. Y así ocurrió. Acarreó la crisis a todos los países y generó violentas convulsiones sociales. En ese marco, la cadena de la explotación imperialista se rompió por su eslabón más débil: Rusia. “El Imperialismo, fase superior del capitalismo” fechado en 1916, es una de las obras cumbres del período.

En febrero de 1917 cayó el régimen de los Zares, pero la gestión del Estado no fue asumida por el pueblo sino por diversos segmentos de la burguesía liberal aliada con el capital internacional. Febrero del 17 abrió en Rusia un periodo en extremo convulsivo, pero también riquísimo en experiencias y en lecciones políticas que permitieron que Lenin brillara con luz propia combatiendo en las condiciones más adversas.
Para comprender este periodo, hay que remitirse a las “Cartas desde lejos”, que Lenin envío a Rusia desde su exilio en Suiza; pero también a las célebres “Tesis de abril” en las que se llamaba a negar cualquier apoyo al gobierno provisional y a luchar más bien por la transformación de la Revolución Burguesa, en Revolución Proletaria, es decir, socialista.

En esa circunstancia, alentando la insurrección armada ya en la orden del día, Lenin escribió: “Para poder triunfar la insurrección debe apoyarse no en un complot, ni un partido, sino en la clase más avanzada. Esto en primer lugar. En segundo lugar, debe apoyarse en el ascenso revolucionario del pueblo. Y en tercer lugar, la insurrección debe apoyarse en aquel momento de viraje en la historia de la revolución ascendente en que la actividad de la vanguardia del pueblo sea mayor”.

En la lucha política Lenin encontró siempre enormes obstáculos y la oposición de incluso dirigentes de su propio Partido. Más de una vez sus posiciones fueron transitoriamente vencidas, pero no derrotadas. Presionado para aceptar las erróneas posiciones de sus críticos, optó por quedarse en minoría consciente que tenía la razón. A quienes confiaban en él los alentaba con sabias palabras: “aprendamos a estar en minoría, aclaremos, expliquemos, convenzamos…

La Toma del Poder y la revolución
Lenin aportó al marxismo tres nuevos capítulos: Una doctrina del imperialismo, como fase superior del capitalismo; una doctrina de la revolución y una doctrina del Partido.
Los elementos esenciales de la concepción leninista son: la lucha por el poder y la transformación revolucionaria de la sociedad, el papel de la clase obrera, la formación del Partido Revolucionario, el rol de la prensa y la importancia decisiva de la lucha de las ideas.

No se trata de "conclusiones” a la que arribara el Lenin al final de su experiencia, sino de una constante de la que partió desde un inicio, cuando se enfrentó con los “marxistas legales” y los "economistas”, que sostenían que el marxismo debía pasar a una fase nueva en la que “en lugar de perseverar en sus tentativas de lucha por la conquista del poder, se dedicará a transformar la sociedad existente con un espíritu democrático”, reemplazando la lucha revolucionaria por entendimientos de corte electoral, en busca de arrancar concesiones a la clase dominante desplegando una lucha “dentro” del sistema de dominación capitalista.

Con esto Lenin no niega la importancia de que los revolucionarios intervengan en elecciones en una sociedad capitalista, por lo contrario, los Bolcheviques desde 1908, y aún antes, participaron en procesos eleccionarios alcanzando representación en la vieja Duma de los Zares; sin abandonar nunca la lucha por la conquista del poder para trasformar la sociedad burguesa en sociedad socialista.

Y es que olvidar el tema de la lucha por el Poder o relegar a un segundo plano el indispensable debate en torno a la Revolución como camino de lucha de los trabajadores y objetivo central del Partido de Vanguardia, es simplemente capitular ante el enemigo de clase, y admitir a perpetuidad la dominación capitalista.

Hay quienes sostienen que Lenin y sus compañeros no “tomaron el Poder” sino que éste “cayó sólo”, que fue necesario apenas “un empujoncito” para que se derrumbara el podrido edificio del zarismo y el régimen provisional, y que el Partido Bolchevique aprovechó más bien de la coyuntura para “apoderarse”, gracias a un “golpe de mano” de algo que virtualmente ya no existía. Nada más falso. No sólo porque el Partido Bolchevique ya en ese entonces era un verdadero Partido de Masas, sino porque tenía objetivamente la iniciativa política en una circunstancia en la que el país estaba trabado y millones de personas veían como únicamente válida la alternativa que este ofrecía al pueblo.

La Revolución que tuvo lugar en Rusia, no fueron episodios imprevistos, ni sorpresivos, ni circunstanciales, sino la consecuencia de un prolongado y complejo proceso revolucionario.
Para Lenin, la Revolución fue siempre y esencialmente, una acción de masas y no el movimiento de pequeños grupos por revolucionarios o audaces que parezcan. La capacidad de los revolucionarios para ganar el apoyo del pueblo constituye la garantía de la justeza de su línea y también garantía de la victoria. Cuando la Vanguardia es capaz de ganar para su causa a millares y a millones de trabajadores, está abriendo camino serio para la transformación revolucionaria de la sociedad. Cuando eso no ocurre y cuando la izquierda desperdigada y en derrota no es capaz de unirse ni avanzar, entonces las posibilidades de éxito del proletario, simplemente se esfuman.

En las páginas de su obra “El Estado y la Revolución”, aludiendo a las formas de lucha de los trabajadores, Lenin reivindicaba la acción de masas revolucionarias y la combinación de diversas formas de acción en la batalla contra el Capital. Pero fue aún antes, en Las Tesis de Abril, de 1917, cuando se refleja una realidad nueva: la lucha por el Poder dejó de ser una concepción estratégica necesaria y se convirtió en una demanda táctica que los bolcheviques  debieron plantear de manera inmediata: la transformación de la revolución burguesa en revolución socialista.

En nombre del Proletariado Lenin inició la construcción del Partido y desarrolló sus concepciones básicas. En nombre del Proletariado condujo todas las acciones porque estaba convencido de lo que Marx había asegurado muchos años antes: “De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, no hay más que una verdaderamente revolucionaria: el proletariado. Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar”.

Hay quienes sostienen hoy que la modernización capitalista ha hecho desaparecer a la clase obrera, que el proletariado, en consecuencia, ya no existe. Y que, por tanto, no resultan válidas las formulaciones marxistas en torno a la materia.

Que el proletariado de hoy es distinto al proletariado de hacer dos décadas, es absolutamente cierto como lo es también distinto el “modelo” de dominación que ha escogido la burguesía para perpetuar su régimen. Pero esos cambios son naturales y no debieran sorprender a nadie. La clase obrera que en 1871 se alzó en la Comuna de Paris, ciertamente no era la misma Clase Obrera de la Revolución de 1848. En 1905, la clase obrera rusa que hizo las barricadas, era ciertamente diferente al proletariado francés de tres décadas anteriores. Y los obreros que hicieron posible la Revolución del 17, no fueron tampoco iguales al proletariado europeo después de la Segunda Guerra Mundial. En todas las etapas de la historia se registran cambios que siempre hay que tomar en cuenta, pero ellos no desnaturalizan las leyes sociales ni alteran el desarrollo mismo de las sociedades.

Mientras subsista la explotación capitalista, es decir mientras los mecanismos de dominación generen plusvalía, habrá un segmento de la sociedad que se enriquecerá con el trabajo ajeno. Unos serán los explotadores. Y otros, los explotados. La lucha entre unos y otros será inevitablemente impuesta por la historia. Subsistirán entonces las contradicciones de clase y la lucha entre las clases seguirá siendo el motor de la historia.

En el plano del accionar reivindicativo los trabajadores podrán discutir sus condiciones de trabajo y sus salarios con los patrones o el Estado; pero su lucha no podrá constreñirse ni limitarse al plano sindical o reivindicativo. El proletariado mantendrá su condición de fuerza política fundamental, capaz de transformar revolucionariamente la sociedad.

La prensa bolchevique
Fue el 24 de diciembre de 1900 que salió a luz el primer periódico revolucionario ideado por Ulianov. La Iskra –“La Chispa”- tenía un lema indicativo: “De la chispa, brotará la llama”, decía premonitoriamente.

La prensa revolucionaria es un instrumento decisivo para crear conciencia política, formación ideológica y cultura entre los trabajadores y el pueblo. Para esa función, primero fue la Iskra, pero después muchas otras publicaciones del mismo corte, como la revista Zariá (Aurora) que publicó el primer artículo de Ulianov bajo el seudónimo de Lenin. También Volna (La Ola), Vperiod (Adelante), Novaia Zhins (Vida Nueva), Proletari y Pravda, entre otros.

En muchos casos se trataba de prensa ilegal pero tenía ese carácter no por voluntad propia sino por decisión de sus adversarios, que la perseguían con odio desenfrenado. No hay que olvidar, por ejemplo, que Pravda, entre 1912 y 1917 sufrió muy duros embates. Contra sus redactores fueron instruidos 36 procesos judiciales. Ellos, en promedio, estuvieron tras las rejas 47 meses y 5 días. El periódico fue clausurado 8 veces por el gobierno y de los 636 número que se editaron, 41 fueron simplemente confiscados.

A ellos, que eran sus colaboradores de mayor confianza, les inculcaba el amor infinito al trabajo revolucionario, la preocupación constante por los problemas y las tareas a enfrentar, los inducía a mostrar las cualidades más apreciadas en cualquier combatiente revolucionario: la capacidad de entrega, el sacrificio, la mística revolucionaria, la lealtad y la modestia. Los corresponsales fueron, en ese sentido, una cantera inagotable de recursos humanos no sólo para la prensa, sino también para el cumplimiento de todas las tareas revolucionarias.

La lucha de las ideas
Lenin afirmaba que “sin teoría revolucionaria, no hay práctica revolucionaria”. La frase tiene diversas aristas de interpretación. Establece, en primer lugar, la relación estrecha que existe entre la teoría y la práctica. Pero, prioriza la fuerza de las ideas porque ellas son las que generan el accionar de los revolucionarios.

La teoría revolucionaria tiene distintas fuentes. La primera, es el análisis de la realidad. Hacerlo debe ser tarea constante y permanente de los revolucionarios. Es indispensable siempre estudiar el escenario político y sus implicancias, para distinguir cuál es el enemigo fundamental y cuál es el peligro principal que amenaza la lucha.

Por otro lado es indispensable el trabajo ideológico amplio y de gran envergadura que debe hacerse de un modo sistemático y organizado llegando en primer lugar y antes que nada, a la conciencia política de los trabajadores.

La unidad más amplia, es decir la unidad de todas las fuerzas democráticas y progresistas de la sociedad, constituye no sólo un deber esencial, sino también un apremiante reto. Pero esa unidad no puede ser una frase abstracta, sino una acción concreta, militante, activa, cotidiana. La unidad no es un fin en si mismo, sino una herramienta para alcanzar otros fines. Llegar a ella implica tener una determinada concepción y asumir un compromiso de lucha que resulta indispensable. Y es que la unidad puede ser la culminación victoriosa de una lucha justa.

El trabajo unitario en ningún caso puede eludir el trabajo ideológico ni organizativo, ni tampoco la unidad puede suponer una renuncia a los objetivos revolucionarios de las fuerzas más avanzadas. Al contrario, las incluirían como una garantía de progreso en la lucha por una sociedad más justa.


La concepción leninista de la revolución, sigue siendo una fuente de conocimiento y experiencia revolucionaria vigente y digna de ser estudiada por quienes aspiran a una sociedad más justa, igualitaria y donde se den las condiciones para el completo desarrollo del potencial humano.

FUENTE: DRUZHBA - AMISTAD