martes, 15 de abril de 2014

Ante el 14 de abril (día de la proclamación de la II República)



Una de las singularidades del republicanismo en España es que tanto en su nacimiento como en momentos claves posteriores, se presenta ante todo como rechazo absoluto a quien ejerce en ese momento el poder monárquico. Así sucedió con Fernando VII y volverá a ocurrir, de forma asimismo bien justificada, con Isabel II y Alfonso XIII. La peripecia de Juan Carlos I es más compleja, ya que arranca de la viscosa sucesión del franquismo, con toda su carga negativa, remonta el vuelo con la instauración de la democracia y su defensa el 23-F, para entrar en un inesperado declive durante los últimos años, por una serie de causas de todos conocidas.

Nada tiene de extraño que sea el comportamiento del Rey en el momento más crítico lo que haya incidido con mayor fuerza en la cuesta abajo de su prestigio. El revuelo montado en torno a La gran desmemoria por Pilar Urbano es la mejor prueba de la centralidad del tema. En el libro, el relato sobre la actuación del Rey en torno al 23-F es todo un ejercicio de destrucción de imagen, aunque la autora no olvide puntualizar el distanciamiento de Juan Carlos respecto de Armada en febrero del 81; lo cual enlaza con la información de Suárez Illana -confirmada en otro lugar por el Rey- de que al salir Suárez del Congreso, aun mal informado, fue Juan Carlos quien propuso la detención del responsable del golpe. En los momentos más duros, conversaciones Suárez-Juan Carlos, y en otros, faltan pruebas fehacientes y la autora debiera proporcionarlas, so pena de incurrir en difamación, como sugiere Suárez hijo. No basta con “Suárez me dijo”.


Ciertamente, la visión crítica cuenta con sólidas bases. Ante todo, el informe de 26 de marzo de 1981 a Helmuth Schmidt del embajador alemán Lothar Lahn, reseñado por EL PAIS, según el cual el Rey, sobre el golpe: 1) No se mostró contrario a sus protagonistas: “es más, mostró comprensión, cuando no simpatía”; 2) “Los cabecillas -dijo- solo pretendían lo que todos deseábamos”: orden, ; 3) Había aconsejado reiteradamente a Suárez “que atendiera a los planteamientos de los militares; hasta que estos decidieron actuar por su cuenta”. El relato de Carrillo a García Montero y Lagunero cierra el círculo: habría existido una trama política, impulsada por el Rey, para un gobierno de concentración presidido por Armada (presión regia para traerle a Madrid), y aun cuando el Rey prefiriese la solución Calvo-Sotelo al dimitir Suárez, Armada ensayó el golpe, que fracasó por Tejero. El constitucionalismo del Rey ante TVE y los capitanes generales fue claro; su actuación precedente, cuestionable, como Rey que quiso indebidamente reinar, en medio del “ruido de sables”.


El ideal republicano mantiene su vigencia.






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