sábado, 28 de junio de 2014

La invasión de Irak y las falsas revoluciones

Por Juanlu González

Hay una conocida máxima de la crítica periodística que dice que «no dejes que la realidad estropee una buena noticia», que viene a querer decir que, en muchas ocasiones, se prima el share, las ventas o los impactos publicitarios frente al respeto a la veracidad. Algo parecido podíamos decir de muchos analistas, expertos y activistas, interpretan la realidad según ópticas preestablecidas a pesar de que los hechos desmientes una y otra vez sus postulados apriorísticos. Cuando esto sucede de mala fe, podríamos hablar de manipulación; cuando es por pura obstinación hablaríamos de miopía, de autocomplacencia, autoengaño… quizá incluso de miedo a la libertad.

Pues bien, con las revoluciones de colores y las primaveras árabes, bastantes compañeros de la izquierda alternativas se han dejado llevar por el mainstream mediático y se han convertido en auténticos cómplices de sus mayores enemigos. Curiosamente, esto no sucedía en momentos como la destrucción de Yugoslavia o la Guerra del Golfo. A pesar de los bombardeos de las divisiones mediáticas, la izquierda real discriminaba con claridad la propaganda de la información e íbamos todos a una contra los conflictos y guerras imperialistas.
Sin embargo, tras la derrota informativa sufrida durante los preliminares de la invasión de Irak, Estados Unidos maniobró —de manera explícita— para intoxicar en el futuro a la opinión pública antes de emprender nuevos actos de injerencia humanitaria o democrática, con tal éxito que logró incluso dividir al movimiento antiimperialista tras arrastrar para sí a toda la socialdemocracia desde el momento de la generación del consenso previo a la intervención.
Como toda estrategia de onanismo intelectual, requiere grandes dosis de autoengaño, de ceguera selectiva e incluso de conspiranoia para eliminar las informaciones que no mariden con los planteamientos políticos inamovibles desde los que se interpretan los hechos. ¿Cuáles son esos posicionamientos? Es muy fácil de imaginar, es la atractiva idea de que las revueltas contra regímenes árabes son levantamientos populares espontáneos contra dictadores, reprimidos con violencia, de manera que ello legitima también la toma de las armas por los «rebeldes», aunque generalmente no apoyan una intervención extranjera de la OTAN.
Sin embargo, este análisis de nuestros revolucionarios de salón es plenamente coincidente con el que hacen los belicistas que promueven la guerra. De hecho es parte inseparable de ella y se confecciona ad hoc cuidadosamente para justificarla. ¿Cómo es posible que caigan una y otra vez en la misma trampa norteamericana con las informaciones de que ya disponemos? Es difícil de comprender, pero, normalmente, se trata de mantener incólumes sus posturas sin hacer caso del aluvión de noticias que puedan contradecirlas. A veces se sigue a pies juntillas a ciertos creadores de opinión o a periodistas empotrados que defienden su teoría atlantista sin hacer ningún esfuerzo suplementario para informarse debidamente por otros cauces.
Veamos un ejemplo, pongamos por caso Libia. Se ha publicado que agentes de inteligencia occidentales incendiaron las protestas en Bengasi gracias al uso de francotiradores, por lo que la épica del inicio de las revueltas está más que desmontada. Pero es que antes de la guerra hubo tres misiones que buscaron huellas de disparos aéreos contra población civil y ninguna encontró nada. Incluso la responsable de la diplomacia europea, Catherine Ashton, se tuvo que volver con las manos vacías. ¿Creen que se convenció de que no existieron? Claro que no, como nuestros revolucionarios de salón, a pesar de que nada vio, dijo que haberlas haylas, sólo que «no fuimos capaces de encontrarlas». Pero no queda ahí la cosa, un alto responsable otánico del nuevo gobierno libio ha reconocido abierta y recientemente que sabía que no hubo represión contra civiles, pero que nunca dijo nada porque le convenía políticamente para llegar al poder. No hay más ciego que el que no quiere ver, dice el refrán. Parece que hay gentes que consideran la política y su análisis como hacerse fan de un equipo de fútbol, donde está asumido que uno puede perder la lógica y el raciocinio por defender a sus colores. Es absolutamente triste, pero no hay mucha diferencia.
Pasemos ahora al caso de Irak. Terroristas escindidos de al Qaeda, aunque de la misma filiación takfirí, el Estado Islámico de Irak y Levante, con elementos propios y otros llegados de Siria atacan la zona sunita de Irak y se hacen con ella sin encontrar resistencia del ejército regular del país. Los militares al mando, entrenados y pertrechados por Estados Unidos, dan órdenes de que nadie actúe y dejan que un pequeño contingente de milicianos se haga con el control total de la zona. Paralelamente, los kurdos, apoyados por Israel, hacen lo propio en sus áreas norteñas iraquíes. Estados Unidos promete apoyo pero sólo en el caso de que el actual presidente electo Nuri al Maliki, de confesión chií, forme un gobierno de concentración nacional.
Inferir de aquel teatro de operaciones de que se trata de una revolución popular espontánea contra un gobierno que no cuenta con la aquiescencia de todas las regiones del país es poco menos fantasioso. En otras ocasiones nuestros revolucionarios de salón admiten, cuando las evidencias los sobrepasan, que las revoluciones populares se vician a posteriori y son controladas por terroristas. ¡Pero si en esta ocasión han sido los propios terroristas los que la han comenzado!, ¿cómo pueden si quiera pensar en esa posibilidad? Todo indica que nos encontramos justo en el mismo caso de Malí. Metemos a al Qaeda en un territorio, los acusamos de crímenes brutales, justificamos la invasión del país para pacificarlo y nos quedamos con él. Si Maliki no accede,Estados Unidos se quedará con Sunnistán, el proyecto de país que dibujó justo en el área que ahora ocupan los terroristas, producto de un proceso de balcanización largamente programado y hecho público durante el mandato de Bush jr.
La III Guerra de Irak se acabaría si Estados Unidos exigiera a Arabia Saudí cesar su apoyo al EIIL y a Qatar que deje de reclutar integristas para enviar al norte de Bagdad. El Washington Post ha indicado que las armas del Estado Islámico son las mismas que su país proporciona a los mercenarios en Siria. La solución es muy muy fácil, pero no se trata de arreglar el problema sino que sacar beneficios geoestratégicos, por eso Maliki se ha quedado prácticamente solo. De momento solo cuenta con el apoyo de la resistencia frente a las políticas neocoloniales de occidente. El apoyo técnico —quizás algo más, los datos son confusos— de la guardia revolucionaria iraní y el apoyo de la aviación siria para bombardear objetivos terroristas en su vecino país.
Si algunos quiere ver en este movimiento imperial una nueva revolución popular, deberían hacérselo mirar detenidamente. Si permanentemente algunos creadores de opinión de la izquierda están coincidiendo con los planteamientos geopolíticos de la OTAN y se hacen partícipes públicos de sus mismas visiones estratégicas, quieran o no, son peones de la guerra, al menos de sus batallones mediáticos. Obviamente, no se trata de evitar la sana discrepancia y el contraste de visiones y opiniones, justo lo contrario. Pero con todos los datos sobre la mesa y no únicamente con los aportes de los mass media y los mercenarios del imperio.

Fuentes: Bits RojiVerde


Los análisis de Horacio Calderón y Conchetta Dellavernia:


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