martes, 26 de agosto de 2014

Comentarios críticos a "La Vía China: Capitalismo e Imperio"







Comentarios críticos a "La Vía China: Capitalismo e Imperio", con el título "¿Un modelo socialdemocráta para China?" publicados por Tony Andreany (*) y Rémy (**) Herrera (traducido por la Asociación Cultural Jaime Lago)

Introducción
Dicho libro desarrolla exhaustivas y originales tesis sobre China,- originales en comparación con el consenso de medios según el cual el sistema chino es una combinación aberrante de dictadura "comunista" de partido único y derivas de capitalismo salvaje. Según Michel Aglietta y Guo Bai, nos enfrentamos en China a un “capitalismo sui generis” controlado por un poder burocrático, que con el fin de salvaguardar sus intereses y su legitimidad, mantiene un control sobre los intereses privados capitalistas y buscaría maneras de mantener un consenso social. Y más original aún: este sistema sería mucho más eficiente que el capitalismo occidental no sólo para aumentar la "riqueza real”, que no debe confundirse con el crecimiento del producto interno bruto - porque el desarrollo debe ser sostenible, conservar los recursos naturales y preocuparse por las generaciones futuras -, sino también para mejorar el bienestar social, algo que depende de las decisiones políticas. En este sentido, el sistema político chino se muestra mejor que las democracias liberales por su capacidad de planificar el futuro, la ética (de inspiración confuciana), su voluntad de llevar a cabo formas de democracia participativa   compensando su autoritarismo. Según la línea argumental de los autores, los aspectos positivos del sistema chino incluso acaban superando a los negativos. Pero a condición de que sean superados por un nuevo "Reglamento" los desequilibrios actuales, para los que el libro ofrece una serie de recomendaciones específicas. En última instancia, como veremos, se propone a los líderes chinos una especie de compromiso socialdemócrata - a pesar de que este compromiso se haya descalabrado en los países occidentales - pero adaptándolo a la era de la globalización y el desafío ambiental. Estas son las teorías, abruptamente resumidas, que proponemos someter a un examen crítico.
¿Un "capitalismo sui generis"?
El análisis central, que se describe en detalle en el inicio del libro es el de la teoría de la regulación, del que Michel Aglietta es uno de los líderes y, tal vez, el más prestigioso representante. Aquí están los fundamentos. Desde el momento en que las personas están separadas por el intercambio monetario y en el que el trabajo se separa del capital, único propietario de los medios de producción, obtenemos regímenes capitalistas. Estos se diferenciarían tan sólo en las instituciones (reglas, "creencias”...) que regulan esta doble separación - relacionadas por tanto con el mercado y la propiedad privada. Estos capitalismos también implican a mercados particulares, llamados de "futuras promesas" que son el mercado de crédito y mercados financieros, indispensables para una adecuada asignación del capital productivo, y cuyo objetivo es hacer dinero con el dinero. Finalmente las relaciones entre estados están mediadas por las finanzas, ya la distribución de diferentes categorías de capital se controla a nivel mundial utilizando diversos modos de regulación. A partir de estas premisas, el actual sistema chino puede ser concebido como una forma particular de capitalismo, que se opondría a la "época socialista" de la era maoísta (y la de los países del "socialismo real" ex-comunista). Debe tenerse en cuenta que, de manera implícita, los autores no tienen en consideración los análisis de otros teóricos “regulacionistas” que veían en esos sistemas también una forma particular de capitalismo, en el que la economía estaba más dirigida y ordenada por el estado que una economía de mercado. Y tenderíamos a estar de acuerdo con ellos, aunque a partir de otros referentes teóricos, en cuanto a la misma conclusión de lo que podríamos llamar un "capitalismo sin capitalistas". El problema es que creemos que para todos estos autores, el socialismo parece no poder ser nada menos (ni más) que eso.
Destacamos, en primer lugar, que Michel Aglietta se ha inspirado hasta finales de 1970 en esta interpretación, en que no hay mucho de marxismo.  El capitalismo es más complejo para el análisis marxista. Implica una mayor separación entre la propiedad de los medios de producción y mano de obra. Para Marx, los propietarios de capital son tendencialmente colectivos, y ya no realizan ningún trabajo en la producción. Esto es más cierto aún en el actual capitalismo financiero: la gestión se delega a los administradores, y las ganancias corporativas revisten la forma de valor para los accionistas ("valor creado para el beneficio de los accionistas", definido como excedente en relación al interés). Siendo así, parece que muchas pequeñas empresas chinas están más cerca de la pequeña producción familiar o artesanal que del modo de producción capitalista. En segundo lugar, la lógica del capitalismo es la maximización de la tasa de ganancia de los propietarios (forma especial de plusvalor según Marx). Pero esto no es exactamente lo que se observa en las empresas estatales chinas, como lo demuestra la ausencia o escasez de dividendos pagados al Estado, que son más bien un impuesto sobre el capital. Tercera observación: la separación capital / trabajo puede ser, y es a menudo muy relativa en el contexto chino. Veremos que es limitada en el caso de las empresas públicas – lo que impide considerarlas simplemente como una forma de capitalismo de Estado -, y lo es aún más en la economía "colectiva", donde los trabajadores participan en la propiedad del capital, o tienen la plena propiedad como en las cooperativas (por acciones o no) o en las comunas. Por supuesto, en estos casos, la gestión aparece más o menos separada de la propiedad, pero todo este campo de la economía no estatal está totalmente olvidado en el libro, y no podría ser agrupado en la categoría de un "capitalismo sui generis”.
Los análisis de Michel Aglietta y Guo Bai se alejan de los discursos que los principales líderes chinos hacen en sus declaraciones públicas. Más allá del contenido ideológico, la "jerga" que caracterizan a muchos discursos oficiales -ya sea chino u occidental- y la mezcolanza de terminología, los funcionarios chinos, obviamente, no niegan que existe hoy en su economía un sector privado capitalista nacional o extranjero importante. Pero este es un componente de una "economía socialista de mercado" mixta donde “se otorga predominio al sector público" y donde se debe “fortalecer el poder general del estado socialista”. De acuerdo con muchos de los líderes chinos, su país estaría en una "etapa primaria del socialismo", “imprescindible” para desarrollar las fuerzas productivas (y " eso va a requerir de centenar de años para llegar a su fin "). El fin histórico de este proceso es el socialismo desarrollado y el comunismo -si bien es cierto que sus contornos no se definen claramente-. Para nuestros autores, aunque no lo digan claramente, estas declaraciones sólo son una fachada, encubren una forma particular de capitalismo, y en realidad no merecen ser tomadas en serio. Para ellos, el socialismo está muerto y enterrado con el fracasado "período socialista". ¿Será también China el final de la historia?
Nuestro análisis
Por nuestra parte vamos a hacer una lectura diferente del "socialismo con características chinas " que sería en general un socialismo de mercado, o con mercado, bajo un marco de análisis diferente. 
El socialismo, según nuestro criterio, se basa, en pocas palabras, en los siguientes siete pilares, que son en gran medida ajenos al capitalismo:
  1. la persistencia de una planificación de gran alcance, que adopta diversas formas y moviliza diferentes instrumentos en función del sector de que se trate;
  2. una forma de democracia política que hace posibles las decisiones colectivas que están en la base de esta planificación;
  3. servicios públicos que condicionan la ciudadanía política, social y económica y que como tales, están fuera del mercado o débilmente mercantilizadas;
  4. formas de propiedad diversificadas y adecuadas a la socialización de las fuerzas productivas: las empresas públicas lo son durante un largo período de transición, y sin embargo, difieren de la empresa capitalista en varios aspectos, principalmente en cuanto a la participación de los trabajadores en su gestión, u otras formas que van desde la pequeña propiedad privada individual a los distintos tipos de propiedad socializada, en una economía en la que la propiedad de la tierra y de sus recursos naturales son de dominio público. La propiedad capitalista se mantiene, incluso se fomenta, durante la transición para dinamizar la economía y fomentar otras formas de propiedad y contrastar su eficacia;
  5. la orientación general es aumentar la renta del trabajo en comparación con otras fuentes de ingresos, y promover la justicia social en profundidad en una perspectiva igualitaria;
  6. la preservación de la naturaleza, considerada como inseparable y no antagónica con el progreso social, y como uno de los objetivos centrales del desarrollo económico, a fin de maximizar la riqueza efectiva y
  7. las relaciones económicas entre los estados se dan sobre la base de un principio de beneficio mutuo y las relaciones políticas en la búsqueda de la paz y el equilibrio entre las naciones y los pueblos.
Al analizar el “socialismo con características chinas" bajo esta perspectiva vemos que a pesar de las muchas críticas, no está tan lejano, aunque se pueden distinguir dos líneas que se oponen: una que está cerca de una social-democracia renovada, propuesta por Michel Aglietta y Guo Bai, y otra que está más cerca del camino socialista. Volvemos ahora al análisis de nuestros autores.
Algunos desequilibrios de la economía china actual
Michel Aglietta y Guo Bai parten de un hecho difícilmente discutible como son los graves desequilibrios en la economía china. La parte dedicada a la inversión en la renta nacional en vez de disminuir a medida que se realiza la fase de acumulación necesaria para un rápido desarrollo de la economía, continúa aumentando, a expensas del consumo, incluso aunque el nivel de vida ha aumentado enormemente. Las inversiones en servicios (a los hogares o negocios) crecieron más lentamente que la inversión en la industria. El sector inmobiliario ha tendido a dispararse, una tendencia que se debe combatir constantemente mediante restricciones de crédito. La parte de los ingresos de los hogares en el ingreso nacional sigue disminuyendo. La tasa de ahorro es excesiva; esto se debe especialmente a la falta de cobertura de la seguridad social a los hogares lo que incentiva el ahorro por precaución. Los recursos naturales no son tasados suficiente para evitar el despilfarro y los daños al medio ambiente, y para permitir la transición energética. La economía China es demasiado dependiente de las exportaciones y no se centra lo suficiente en el mercado interno. Esto da lugar a un desequilibrio en la balanza de pagos, que se traduce en una acumulación cada vez mayor de las reservas de divisas, que se colocan en el exterior, especialmente en deuda del tesoro estadounidense, con todos los riesgos que ello conlleva. Los autores de “La vía china” creen que el gobierno chino es consciente de estos desequilibrios y trata de remediar esta situación, pero sin mucho éxito. Y proponen soluciones – a las que volveremos más adelante, punto por punto.
Observaremos, por nuestra parte, que es evidente que una de las características más llamativas de la expansión de la economía china es el dinamismo de sus exportaciones de mercancías desde la década de 1990 y especialmente desde la del 2000, y que sólo el impacto de la crisis mundial interrumpió su crecimiento en 2008-2009. Pero sería precipitado concluir que las exportaciones de bienes y servicios son el principal motor del crecimiento. La estrategia de desarrollo aplicada por la dirección china se basa en un modelo relativamente "centrado en sí mismo" y coherente en comparación con el resto de economías del Sur (y del Este). Para la mayoría de los empresarios chinos de los sectores manufactureros, las oportunidades se encuentran básicamente en el mercado nacional. Esto se debe sobretodo a la expansión de la demanda interna, impulsada por el aumento del consumo de los hogares y el apoyo de los gastos del gobierno en capital (especialmente en infraestructura), que guían al optimismo a sus planes de inversión. En consecuencia, las mejoras aceleradas en la productividad del trabajo han permitido acompañar el rápido aumento de los salarios reales sin que el crecimiento relativo de los costes laborales deteriore su competitividad. Las exportaciones (como la inversión directa en el extranjero) juegan un papel de apoyo; y esto es precisamente lo que permite entender que en 2011, por ejemplo, la contribución neta de las exportaciones al crecimiento económico fuera negativa (aproximadamente -5%) sin haber obstaculizado el dinamismo de este último (que, una vez más, rondó el 10%...).
¿"Mala asignación de factores"?
Los autores del libro creen que la mayoría de los problemas de los desequilibrios antes mencionados provienen de una grave "distorsión del precio de los factores" y deberían desarrollar aún más los mercados liberándolos de trabas de carácter administrativo para permitir una "mejor distribución de los recursos". En primer lugar, según ellos, el precio del capital dinero se mantiene artificialmente bajo por la "represión" de las tasas de crédito – como resultado de la gestión de estas últimas, aunque se haya relajado. El ahorro de los hogares es retribuido de manera muy débil, lo que permite que los bancos, mientras mantienen altos beneficios, otorgan crédito tan barato a empresas que éstas pueden continuar invirtiendo fuertemente. Además, el bajo precio del dinero favorece sobretodo la inversión a gran escala y, por tanto, especialmente a las empresas estatales muy grandes a expensas de las pequeñas y medianas empresas que se encuentran principalmente en el sector privado. Siempre de acuerdo con los autores, deben liberalizar las tasas de interés para desalentar una serie de inversiones muy intensivas en capital que pueden obstaculizar el progreso tecnológico y la capacidad de crear valor añadido (siendo este último orientado a la baja). Asimismo, la liberalización de los tipos permitiría una mejor competencia entre los bancos.
En lo que respecta al mercado de trabajo, convendría no obstaculizarlo por una dualidad artificial resultante de las diferencias introducidas entre los trabajadores urbanos, que tienen contratos (especialmente en las empresas públicas) relativamente protegidos, y los trabajadores emigrantes de las zonas rurales, que muy a menudo se ven privados de los derechos y están sujetos a los caprichos de sus empleadores, lo que ralentiza significativamente la progresión de la masa salarial. En cuanto al precio de la tierra - que sigue siendo de propiedad colectiva en el campo y del Estado en las ciudades- Michel Aglietta y Guo Bai consideran que también debe dejarse aún más al mercado, para que los campesinos en lugar de ser malamente compensados por las autoridades locales por la venta de sus parcelas, puedan negociar su "precio justo" no como tierras agrícolas, sino como edificables. Esto evitaría que el jugoso mercado de suelo industrial estimule el exceso de inversión, con la complicidad de los gobiernos locales que buscan un desarrollo a cualquier costo con los ingresos fiscales que lo acompañan.
La concepción de la distorsión de los precios de los factores que presentan los autores se basan esencialmente en la teoría estándar de la combinación de los “factores de producción” (capital, trabajo, tierra...) y de su asignación óptima por los mercados. Para ser justos, esto no es exactamente del todo así, ya que nuestros autores son conscientes de que el mercado de trabajo, por ejemplo, no es un mercado como cualquier otro, y también depende de las relaciones de poder entre los empleadores y empleados, reglas de negociación, la ley, etc... Por eso que abogan por mejoras en su control (incluso a través de sindicatos más activos, una inspección de las leyes laborales más fuerte, etc...) pero al mismo tiempo desean que el mercado sea más abierto, menos segmentado. Del mismo modo, tienen en cuenta que ciertos tipos de " capital intangible " (lo que ellos llaman el capital "institucional" y "social”) no tienen mercado del que hablar propiamente, y para otras categorías los mercados funcionan bastante mal, lo que les lleva a sostener que en la mezcla entre liberalización y regulación, esta última debe ser mucho más fuerte. Esta regulación debería tomar la forma de una "planificación estratégica" que actúe sobre la formación de los precios – sobre lo que volveremos. Pero el paradigma central que defienden Michel Aglietta y Guo Bai , al igual que casi todos los llamados autores "neo-institucionalistas" se mantiene de facto en la órbita más cercana de la ortodoxia neoclásica (como Williamson, North y otros), y sigue siendo el paradigma mercantil.
¿O torsión deliberada de los precios de los factores?
En cuanto a nosotros, mantenemos que lo que hace una de las especificidades y fortalezas de la economía china, es precisamente la torsión deliberada de precios de los factores. Parece que el gobierno chino tuvo razón al no dejar que el mercado estableciera "libremente" el precio del dinero, y se hiciera dueño y señor de la oferta de crédito, tan difícil de controlar, y tan vital para la economía. Esta oferta es demasiado baja cuando los bancos no están prestando suficiente porque anticipan una desaceleración y riesgos excesivos; por el contrario, puede ser demasiado fuerte cuando están muy solicitados y nadan en el optimismo (recordemos el exceso de crédito que llevó a la economía de EEUU al desastre). Sumado a esto, la política monetaria del banco central produce efectos que siguen siendo inciertos sobre el comportamiento de los bancos (por ejemplo, en la crisis, el Banco Central Europeo ha inundado los bancos de préstamos con el fin de conceder más préstamos a economía real, y sin embargo no han conseguido nada).
Según los autores una multitud de actores privados es más capaz de evaluar los riesgos que las autoridades estatales. Nosotros creemos, sin embargo, que estas últimas tienen una visión más amplia (macroscópica) de los riesgos, y sobre todo, que son los únicos que pueden guiar a la economía en su conjunto, de acuerdo a un plan. Ciertamente, los tipos de interés administrados no permiten ajustes rápidos y flexibles entre la oferta de ahorro doméstico y las necesidades de financiación de la economía. Convendría en nuestra opinión un régimen de tipos "semi-administrados”, con una tasa “suelo” de interés para el ahorro y “techo” para la oferta de crédito – variándolos de acuerdo a las necesidades de la aplicación del Plan. Además, el instrumento de las reservas mínimas (que algunos pueden encontrar atrasado), parece ser un medio eficaz para variar la oferta de crédito bancario - y no es casualidad que sea ampliamente utilizado por el Banco Popular de China. En el debate actualmente en curso sobre la liberalización de las tasas de interés, nos inclinamos por mantener un cierto dirigismo. Dicho esto, reconocemos que el nivel de remuneración del ahorro en China es ahora demasiado bajo, lo cual es una forma de subsidio implícito en el impulso a la sobreinversión, especialmente a la que es intensiva en capital. 
En lo que respecta a los salarios, estamos de acuerdo con los autores que, para los trabajadores emigrantes de las zonas rurales, "los salarios de pobreza y la falta de protección social han reducido la participación de los salarios en el ingreso nacional, lo que impidió que el ingreso de los hogares aumentara tanto como debería y se constriñera el consumo"(p. 291), y también en que las leyes laborales , aún reforzadas, se siguen cumpliendo relativamente poco, y el bajo costo del capital dio a los empleadores un gran poder sobre los empleados. Michel Aglietta y Guo Bai piden una regulación más fuerte y máss eficaz, a través de la introducción de una negociación colectiva más fuerte, y mejorar la protección social; en otras palabras, implementar dispositivos comparables a los del estado de bienestar de las economías occidentales – donde sin embargo, se está desmantelando. El gobierno chino parece ir en esa dirección. Pero, en nuestra opinión, no es suficiente: en este mercado regulado, la desigualdad social sigue siendo muy fuerte, y sólo se puede aplanar recurriendo a los impuestos.
Hay dos cosas que podrían mejorar la situación en relación a este compromiso socialdemócrata que, según nuestros autores, el poder burocrático puede realizar: la participación de los trabajadores en la gestión (podrían decidir sobre la política de retribuciones del empresa) y el ejemplo que podrían mostrar en ese campo las empresas públicas (como Renault que durante mucho tiempo fue la “locomotora social” de Francia, y de las que existen en China formas muy originales de poder de los trabajadores en estas empresas). Porque de esa manera, el gobierno tendría la facultad de introducir nuevas normas en la jerarquía de los salarios y la negociación salarial. Y podemos ver que las leyes laborales hoy en día están en general se aplican más en las empresas públicas que en el sector privado. Esta regulación fuerte puede influir en las condiciones salariales aplicadas en otras empresas, ya que probablemente conducirá a un "desplazamiento" de trabajadores al sector público, como ya se ve, en la actualidad, en algunas comunas que consiguen atraer a los trabajadores emigrantes gracias a las prestaciones sociales que conceden, incluso a pesar de salarios más bajos. Este es un argumento que va fuertemente a favor de fortalecer el sector público - un refuerzo que, obviamente, nuestros autores no quieren.
La gestión de los recursos naturales
En cuanto a los recursos naturales, en general, Michel Aglietta y Guo Bai argumentan que sería conveniente crear en el futuro en China, un "mercado de carbón" para aumentar el costo de operación de los recursos no renovables y fomentar así la producción de recursos renovables. Se suman a los numerosos analistas, que frente a las extremadamente graves amenazas ambientales y climáticas en un futuro cercano, optaron por inscribir sus propuestas "reformistas" en la continuidad de los resultados de las principales conferencias internacionales sobre el medio ambiente (como por ejemplo "Las Cumbres de la Tierra" en 1992 en Río de Janeiro o Johannesburgo 2002), y en los antecedentes teóricos de los tratados sobre el clima, el primero entre la Convención Marco de Cambio Climático de las Naciones Unidas 1992 y una de sus extensiones directas, el "Protocolo de Kyoto" - sin siquiera cuestionar los pilares del sistema capitalista, ni siquiera las directrices fundamentales de la estrategia neoliberal.
El "mercado de carbono " propuesta hecha por Michel Aglietta y Guo Bai olvida con demasiada rapidez, no sólo que el "mercado del carbono" es cuestionable en sí mismo, ya que plantea asignar un "premio" a la externalidad negativa que representa la contaminación en un mercado organizado por las grandes transnacionales, que se asignan los " créditos de carbono"; haciendo de la naturaleza un mercado y de la polución un “derecho” objeto de comercio; se olvidan además, que tras los primeros experimentos de mercados locales de derechos de emisión, las actividades que se desarrollan con mayor fuerza relativas al Medio Ambiente… ¡son las de la especulación de carbono!  (desde el Chicago Climate Exchange a la Powernext Europea). Por eso creemos que es una orientación falsa.
El papel del Estado no está, ni en el ámbito del medio ambiente ni en ningún otro, en someterse al poder de los mercados, bajo la bandera del "reformismo" y la búsqueda de un inalcanzable "capitalismo con rostro humano"; sino en imponer al capital límites estrictos y externos a la lógica de su expansión, para llegar a proteger a la humanidad, así como al medio ambiente de las tendencias destructivas del sistema. Al basarse en la mercantilización de los recursos naturales (apoyado por el Estado), y al mantenerse siempre dentro del marco de la maximización del beneficio, la propuesta por los autores para lograr los objetivos de control de la contaminación y la estrategia de protección de la naturaleza es la manera más segura de nunca llegar a alcanzar estos objetivos.
Sobre el uso de los recursos naturales, la propuesta hecha por Michel Aglietta y Guo Bai, de una fiscalidad mucho más elevada es obviamente bienvenida, pero la introducción de un mercado de derechos de contaminación debe a nuestro juicio ser abandonada cuando uno conoce su engorro, su ineficacia (incluso en el caso de la subasta recomendado por autores), y sus múltiples efectos contra-productivos (que van desde las fluctuaciones incontrolables a la especulación en las bolsas medioambientales). Los agentes más ricos pueden comprar en estos nuevos mercados permisos de emisión negociables que les permitan seguir siendo los que más contaminan, sin cambiar en nada en su comportamiento destructivo. Por el contrario, se alienta a los más pobres a vender sus derechos sin buscar poner en práctica políticas de desarrollo que mejoren las condiciones de vida. Aunque hay poco riesgo de que eso ocurra en China, es difícil olvidar que el dispositivo defendido por los autores se ha mostrado ineficaz en otros lugares, conduce a comportamientos de desposesión como los “pozos de carbono frente a pozos de agua” (cuando los llamados programas de “desarrollo limpio” en el Sur se sustituyen por la ayuda pública al desarrollo en el norte),  y la implementación por las empresas transnacionales de tales proyectos, a través del cual ganan crédito ha llevado a expulsiones de comunidades campesinas de sus tierras con el fin de imponer culturas anti-CO2. Los autores no pueden ignorar los escándalos fiscales y ambientales en los que las empresas se han beneficiado con estos planes y han recibido subvenciones, aumentando las ganancias y... sus emisiones de gases de efecto invernadero.


La cuestión de la tierra y su accesoPasemos al mercado del uso de la tierra - que como se ha dicho sigue siendo pública en China hoy en día. A partir de una observación muy justa, que muchos agricultores están muy mal compensados ​​por la venta de su derecho a utilizar la tierra, Michel Aglietta y Guo Bai llegan a proponer que los agricultores deberían tener "el derecho de vender, transferir, arrendar e hipotecar sus tierras - a condición de que dichas operaciones sean legales y compatibles con la planificación del gobierno "(p. 361). Sin embargo, aunque parezca inofensiva, esta propuesta acabaría con todo el sistema todavía socialista de la China rural, que permite a los agricultores ese arrendamiento o transferencia a terceros de su derecho de uso. Esto daría lugar a sistema occidental, que combina una agricultura capitalista a gran escala con la pequeña agricultura familiar, pero que de hecho está dominada por los oligopolios que controlan la por arriba los insumos y el crédito y por abajo la comercialización.
Cabe recordar que el sistema rural de China ha tenido un éxito notable: La agricultura ha ayudado a alimentar a una creciente población urbana y garantizar la soberanía alimentaria del país. Además, este tipo de agricultura familiar es aún capaz de exportar. Una cosa es asignar concesiones y autorizar un mercado agrícola de estos arrendamientos, y otra es autorizar la venta y la hipoteca, lo que implica una privatización de la tierra. En cuanto a las tierras edificables, los agricultores también podrían alquilarla para su uso, donde la expropiación residencial, comercial e industrial de sus derechos sea necesaria, y la compensación podría ser a precio de mercado, lo que resolvería el problema de la compensación a bajos precios, con todos sus efectos negativos. 
El "despegue" de la economía china a menudo se atribuye a la apertura de la globalización. Pero hay que añadir - que no suele ser el caso en la literatura sobre el tema – que este último ha sido posible gracias a los logros del periodo anterior, a saber, los de la revolución socialista, lo que explica en gran medida el lugar especial que ahora ocupa China en el grupo de los países del Sur "emergente". Esto es, incluyendo - además del progreso social y de infraestructura realizada y el éxito de industrialización - la eficacia de la respuesta que se le dio a la cuestión agraria.
Hay que hacer hincapié a este respecto que China es uno de los pocos países en el mundo que garantiza el derecho acceso a la tierra para la gran mayoría de las masas campesinas –algo sin igual entre sus vecinos-, con excepción de aquellos que también experimentaron una revolución, como Vietnam.


Ciertamente, en los últimos años, ha habido intentos de desafiar el uso público de la tierra, y numerosas violaciones de la ley (con cesiones de tierras públicas y expropiación de familias, por ejemplo), pero tanto ambas se encontraron con la resistencia campesina, a menudo auto-organizada fuera del Partido Comunista y la cuestión del acceso a la tierra fue objeto central de debate interno en la dirección política del país. La primera restricción vigente en China, es la de tener que alimentar al 22 % de la población mundial con sólo el 6 % de la tierra cultivable en el mundo y con una tierra cultivada per cápita en las zonas rurales de sólo 0,25 hectáreas, frente a cerca del doble en la India o a diez veces más en Francia. Una estrategia clave que permitió elevar este reto es encontrar la forma de acceso a la tierra para el campesinado chino, siendo esta la contribución más valiosa del legado maoísta. Si los patrones actuales de organización y la producción agrícola de China no tienen nada que ver con las del periodo maoísta, tan penetrado por los mercados, el hecho es que aún hoy la propiedad de la tierra sigue siendo colectiva - aunque en formas degradadas. Este es un punto fundamental que diferencia la situación en China de otros países "emergentes", que en parte siguen basándose en estructuras sociales agrarias (en 2010, el 37% de la población china era rural). Este enfoque, en contra de la corriente de muchas interpretaciones actuales, también se justifica por la contribución histórica del sector agrícola tanto al desarrollo económico general - a través de enorme excedente que se transfirió a la industrialización- como por la atención que las autoridades deben prestar a las zonas rurales después de cada caída en el crecimiento económico. 
Desarrollar el mercado financiero de bonos... ¿o controlarlo?

Los autores de “La vía china”, lamentando que el sistema financiero chino se basa todavía principalmente en el crédito, son fuertes defensores del mercado de bonos, al que asignan virtudes que no posee el mercado de crédito: una evaluación de riesgos mejor cuando se trata de "la comunidad de inversores" que los bancos uno a uno; y una perspectiva a largo plazo, mientras que los bancos favorecerían los títulos a corto plazo; en consecuencia, la capacidad de contrarrestar la contracción del crédito cuando algunos bancos están en problemas; bases que permitirían al banco central pasar de un control directo de la política de crédito a una basada en la fijación de las tasas de interés directrices; y finalmente eliminar los controles de capitales, conectar el mercado interno de capital a los mercados mundiales y hacer el mercado de divisas más flexible, con el objetivo final de una moneda totalmente convertible e internacionalizada. Vemos que lo que parece ser una reforma en particular, destinada a ampliar el sistema de financiación al público y las empresas, pone en cuestión el sistema entero financiero chino con el fin de alinearse con los sistemas financieros occidentales y la globalización. 
Varias medidas están claramente en esta lógica, tales como el fortalecimiento de los inversores institucionales chinos y una amplia apertura del mercado de bonos a poderosos inversionistas extranjeros. Recordemos que, por el momento, es limitado: sólo ciertas cuotas están disponibles para algunos inversores "cualificados”. 
Uno sólo puede sorprenderse de la fe en las virtudes de las finanzas, mientras que sus fechorías son más evidentes que nunca- algo que los autores saben, obviamente. De hecho, ninguno de sus argumentos es convincente. Los agentes del mercado de bonos no son más competente que los bancos. Se basan principalmente en las evaluaciones de las agencias de calificación, que son tan sesgadas que muchos inversores institucionales han decidido no confiar en ellas -como los bancos otorgar crédito. ¿Son más cercanos, en su "comunidad", de los emisores de bonos que los bancos? Ciertamente no, si están bien manejados. ¿Están más preocupados por el largo plazo, cuando se trata, por ejemplo, de los fondos de pensiones? Vemos que los bancos también conceden crédito a muy largo plazo en condiciones satisfactorias. Es cierto que el sistema de banca está adulterado por el modelo de banca universal (tanto de crédito como de mercado). Por último, es evidente que la regulación de la financiación de la economía solamente a través de la política de tasas no es más eficiente que el uso directo de otros medios, como el coeficiente de reservas obligatorias.
El argumento más convincente a favor del mercado financiero de bonos es que permite llegar a un mayor número de inversores que los bancos, limitados a sus clientes, lo haga directamente (en forma de bonos del Tesoro) o por medio de poderosos inversores institucionales. Esto concierne especialmente a los gobiernos estatales o locales y grandes empresas. Por tanto, es lógico que cuando el gobierno chino está considerando desarrollar el mercado de bonos, lo limite hoy casi exclusivamente a bonos del gobierno. La cuestión se plantea, sin embargo, en la regulación de los mercados de bonos secundarios (la reventa), cuando se conocen los errores de cálculo de los que fue capaz en Occidente, el coste que supone la proliferación de las transacciones y la enormidad del mercado de productos derivados sobre los tipos de interés. Los autores parecen aprobar las precauciones que aplican las autoridades chinas, con carácter experimental, como la autorización de emisión de títulos por parte de la Comisión Nacional para la Reforma y Desarrollo. Correcto, ¿pero será suficiente? En cuanto a la apertura a los inversionistas extranjeros, puede tener el interés en promover el uso de monedas distintas del dólar (y el gobierno chino también ha firmado acuerdos con varios países asiáticos en ese sentido). Pero creemos que liberalizar totalmente el mercado de divisas la dejaría a merced de la especulación internacional, que la experiencia ha demostrado que no tiene nada de racional. 
¿Abrir sin cortapisas el mercado de valores?


Volviendo ahora a la bolsa de valores, Michel Aglietta Guo Bai no proponen su desarrollo de forma explícita; y queremos creer que son plenamente conscientes de los peligros de este “mercado de promesas" de beneficios. Pero formulan recomendaciones para la ampliación de la vida privada lo que implica necesariamente un mercado de acciones en auge. Creemos que puede y debe seguir siendo restringido. Tiene su utilidad para el sector privado, pero creemos que las empresas públicas deben tener cada vez menos necesidad de ellos, a medida que logren reforzar sus capacidades de autofinanciación y que el propio Estado contará con un fondo alimentado por ellas cada vez más importante para permitirle hacer ampliaciones de capital. También argumentamos que el mercado secundario debe ser altamente regulado y su expansión obstaculizada por las disposiciones legales o fiscales.


Esto plantea una vez más la delicada cuestión del grado de apertura del mercado de renta variable a los inversores internacionales. Téngase en cuenta que esta apertura es ahora muy baja: de sólo el 1,5 % de las acciones libradas en yuanes, limitados a los llamados inversores "cualificados" y sometidos a un sistema de cuotas. Se habla de ampliarlo para dar el tono a los mercados bursátiles chinos, pero el gobierno es claramente cauteloso ante los movimientos especulativos. Y tiene razón. El gobierno prohíbe aún que empresas extranjeras emitan acciones en yuanes en el mercado chino. Aflojar estos frenos, incluidos los avances hacia la plena convertibilidad del yuan – y sus supuestos beneficios - sería someterse a las maniobras de los mayores inversores internacionales, es decir los más poderosos oligopolios financieros y especialmente los estadounidenses.


Vale la pena recordar que las reformas del sistema financiero de China, que se han acelerado desde 2005, y que tomaron la forma de una apertura de los principales bancos del Estado y la creación de bolsas de valores, fueron posteriores a la de las empresas públicas, que poco a poco tuvieron mayor autonomía respecto a las orientaciones del Plan central, transformadas en sociedades por acciones e incitadas a adoptar criterios de gestión comercial, para funcionar con métodos de los mercados financieros y el desarrollo de asociaciones con inversores extranjeros. De este modo, la salida a bolsa de los bancos más grandes de China a menudo fue precedida por la entrada de entidades extranjeras estratégicas en su capital, y así promover el "aprendizaje " de la corporate governance. Sin embargo, a pesar de esta tendencia, tenemos que entender que hoy el sistema de financiación de la economía china sigue siendo en gran parte "indirecto" y basado en la intermediación bancaria - aunque tiende alejarse, rápidamente, por el motivo avanzado por las autoridades políticas de encontrar un patrón de " equilibrio" entre los modelos de financiación mediante el desarrollo de los mercados financieros y mediante el recurso al crédito bancario. 
No creemos en la idea de "eficiencia " de los mercados financieros, arraigada en el corpus dominante (neoclásico) en las ciencias económicas y que sostiene que juegan un papel en el suministro de información, evaluación y asignación "positiva" u óptima". Ese argumento condujo a la desregulación de financiera que llevó al capitalismo financiarizado dominado por oligopolios financieros a donde sabemos en la actualidad. Además de ser discutible en la teoría, esta tesis es rechazada por la historia de las últimas décadas y muestra que los mercados no son capaces de ofrecer precios consistentes - y mucho menos "justos"- para ningún activo financiero, especialmente para las acciones. ¿Es necesario recordar sus errores catastróficos y los efectos de las explosiones de las "burbujas " en las economías del sistema-mundo capitalista? ¿Qué tiene que ver la eficiencia cuando se produce la devaluación de las acciones de una compañía que obtiene miles de millones en ganancias? ¿Qué racionalidad existe cuando la misma empresa que despide por millares, sigue distribuyendo masivamente exorbitantes dividendos a sus accionistas? Por lo tanto, no compartimos la confianza en las virtudes de los mercados financieros: experimentan fugas miméticas, operan sobre la profecía autocumplida, ignoran las fuerzas que vislumbran los peligros, se apoyan en prácticas especulativas alejadas de su función primaria de instrumento de cobertura, y pueden causar verdaderos desastres. Para volver a la financiación de las empresas, entendemos que el crédito y la autofinanciación pueden no ser suficientes, pero creemos que el recurso al mercado de acciones – y el llamado a los inversores extranjeros - debe mantenerse lo más limitado posible, y sobre todo, no debe conducir a una alineación con la práctica del valor accionarial, calculado como el que debe exceder la prima de riesgo exigida por los valores financieros. El ahorro chino es muy abundante y se puede canalizar a través de inversionistas institucionales nacionales –a los que se puede imponer límites a su rentabilidad, que no necesariamente serían los mismos que los exigidos por el Estado accionista.


Sobre la internacionalización de la moneda y la soberanía monetaria. 
Volvamos sobre el argumento de los autores de la capacidad de atraer a inversores de todo el mundo mediante la apertura de la cuenta de capital y eliminando todo control selectivo sobe el cambio, que ayudarían a tener una moneda totalmente convertible, y de ese modo a internacionalizarse. ¿Qué pensar? Un yuan internacionalizado, para poder realizar dicha función de moneda de reserva global requeriría la adopción de una serie de condiciones estrictas. Estos incluyen: la apertura de la cuenta de capital y la flexibilidad del tipo de cambio; integración de los mercados financieros de China en el sistema capitalista mundial; orientaciones políticas macroeconómicas con el fin de ganar la "confianza " de los mercados financieros en la lucha contra la inflación y la limitación de la deuda pública; y un tamaño crítico de la economía susceptible de justificar la aspiración de internacionalizar la moneda nacional. Los dos primeros requisitos son condiciones sine qua non; los dos siguientes no – y tampoco son respetados escrupulosamente por los países capitalistas que cuentan con una divisa que sirve de reserva internacional.


La introducción de estas condiciones sin duda trae beneficios para el país, como el dominio sobre el las reservas internacionales, particularmente visible en el caso de los Estados Unidos. Pero tal orientación significaría aún más la sumisión a las finanzas mundiales dominantes, y por lo tanto, una pérdida relativa del control de la política monetaria. ¿Cómo lograría aprovechar China los beneficios de un yuan internacionalizado sin verse obligada a pagar el alto precio de los costos asociados con ella -entregar el pleno ejercicio de la soberanía monetaria y definir una estrategia para el desarrollo autónomo-?. Porque lo que vemos es que las finanzas necesitan un Estado fuerte en la era neoliberal; pero de un Estado fuerte que pone en contra del interés de la gente. La reactivación del papel del estado mediante las políticas estatales neoliberales anti-crisis lo ilustran a la perfección: su propósito no es tanto salvar a los pueblos como a las finanzas. 
En la China actual, las presiones para la liberalización de los mercados financieros, propugnada por muchos economistas y políticos (en Shanghái, por ejemplo) pueden verse aliviadas por el discurso tranquilizador sobre el control del proceso de reformas en curso y la necesidad de "modernizar" el sistema de financiación de la economía para lograr el objetivo de un yuan internacionalizado. Sin embargo, son algo inquietantes para el futuro del socialismo de mercado con características chinas, cuando incorporan las recomendaciones dadas a China por el Fondo Monetario Internacional o algunos dirigentes neoliberales de países capitalistas del Norte -como el ex presidente de la República Francesa, Nicolás Sarkozy, quien se declaró en el G-20 en noviembre de 2011 a favor de la adopción de medidas neoliberales de China y... la integración del yuan en la cesta de derechos especiales de giro (DEG) del FMI.


En total, la política monetaria de China, que sigue, por supuesto, los requisitos específicos para

preservar la soberanía nacional, están siendo penetrada cada vez más abiertamente por las herramientas utilizadas por los bancos centrales de los países capitalistas del Norte e incluso fija objetivos muy similares a estos últimos, comenzando con la lucha contra la inflación. Sin obviar que las presiones inflacionarias siguen siendo un peligro real para la el desarrollo de crecimiento de la economía china, no hay que olvidar que la inflación deriva de la correlación de fuerzas -es decir, de la lucha de clases. Por tanto, creemos que es imprescindible someter la política monetaria nacional a objetivos de desarrollo orientados hacia el reforzamiento máximo de las políticas sociales, mediante una voluntad política que parta de las necesidades del pueblo; es decir, rechazando la priorización de los instrumentos de política económica impuestos por el neoliberalismo y dando prioridad a los componentes de la política monetaria sobre las políticas fiscales y tributarias, y especialmente sociales y de infraestructura. Esta inversión en las prioridades, debería, según nuestro punto de vista, caracterizar a la estrategia de desarrollo de un país preocupado por su soberanía nacional.
¿"Normalizar " las empresas públicas?
Michel Aglietta y Guo Bai encuentran anormal que se prioricen las empresas estatales en comparación a las empresas privadas, puesto que durante mucho tiempo ni siquiera pagaban dividendos al Estado, e incluso ahora pagan bien poco. También se benefician de ventajas en términos de préstamos a bajas tasas de interés, por lo que no entrarían en competencia leal con el sector privado. Por otra parte, son estimuladas a realizar inversiones intensivas en capital en exceso, algo que, según su punto de vista, se haría a expensas de los hogares y el consumo. Los autores sugieren que se debería volver a una norma común, y que paguen grandes dividendos al presupuesto estatal, lo que podría ser utilizado especialmente para mejorar la protección social.


Al hacerlo, ignoran por completo lo que hace específicas a las empresas públicas chinas, que es precisamente el no enriquecer a su propietario. Pagan impuestos, y canon por el uso de capital público, algo completamente normal; pero otra cosa es que estén sujetas al objetivo de la rentabilidad financiera, ya que no se diferenciarían de cualquier empresa privada. Es lo que dan a entender nuestros autores, cuando sólo les encuentran razón de ser "cuando es difícil introducir la plena competencia o eliminar externalidades de monopolio" (p. 364).
Creemos, en cambio, que la justificación de estas empresas estatales es triple: que pueden distribuir más a sus empleados; el gobierno es libre de definir su modo de gestión (por ejemplo, la estructura salarial); y también pueden servir más fácilmente a sus proyectos, sin restarles autonomía y sin someterlas a planes demasiado imperativos. Entonces es normal que destine, a través de la SASAC (el organismo de gestión de la propiedad estatal en China), los dividendos que les reclama, a un fondo especial para apoyar el crecimiento de las empresas públicas. Aquí vemos las ventajas de un camino socialista frente a una visión socialdemócrata, según el cual el sector público es sólo el apoyo del sector privado, o simplemente sirve para absorber pérdidas antes de regresar al sector privado (como en Occidente, con el debate sobre "las nacionalizaciones temporales"). 
Una explicación de la fuerza de las empresas estatales chinas es precisamente que este sector no se gestiona como si fuesen empresas privadas occidentales que cotizan en bolsa y se adaptan para la maximización de valor de los accionistas, distribuyendo dividendos, la valorización bursátil de las acciones y un porcentaje de beneficios sobre la inversión muy elevado, presionando a las cadenas de subcontratistas, ya sean locales o deslocalizadas. Si las empresas estatales Chinas se comportasen de forma codiciosa y rapaz, sería perjudicial para la economía local, lo que obviamente no es el caso. Estaríamos frente a una forma salvaje de "capitalismo de estado" (que es lo que se afirma a menudo en Occidente), y no veríamos en que sería superior al capitalismo privado. Sin embargo, parece que, de hecho, aunque estas empresas estatales son (o han llegado a hacerse) rentables, lo que las guía no es el enriquecimiento de los accionistas, sino aumentar la inversión productiva y el servicio que ofrecen a sus clientes. En el fondo, poco importa que den menos beneficios que sus competidoras occidentales, si éstos se utilizan en parte para estimular la economía como un todo. Estas empresas pagan muchos impuestos, pero apenas distribuyen dividendos a su principal accionista, el Estado (en torno al 10 %), a diferencia de las empresas públicas francesas, por ejemplo, que tan pronto como logran obtener beneficios, los utilizan para rescatar a estos últimos. Es por ello que, en nuestra opinión, el pago de dividendos al Estado supone una práctica de inspiración capitalista que es una fórmula correcta. Sería suficiente con que el gobierno introdujera un impuesto sobre el capital, como un alquiler por el préstamo de sus bienes. Las empresas que funcionan bien podrían mantener una proporción mucho mayor de sus beneficios para la inversión, la investigación y el desarrollo - a sabiendas de que el impuesto sobre los beneficios ya es un impuesto proporcional sobre sus ganancias. 
¿O preservar la especificidad y los puntos fuertes de las empresas estatales chinas? 
Es cierto que hoy en día muchos expertos del Banco Mundial y otras organizaciones internacionales abogan por el aumento de los dividendos que entregan al Estado; y la Comisión de regulación a veces incluso parece incidir en esta dirección. Nos parece una mala política, porque las empresas estatales chinas se verían privadas de su activos, y a pesar de que siguen siendo controladas por el Estado, tendrían la tendencia a ser guiadas como las grandes empresas capitalistas occidentales a distribuir cada vez dividendos para atraer a los accionistas privados –quienes a menudo, como es bien sabido, dependen de las estrategias de cartera de los oligopolios dominantes del mundo financiero.


Las empresas estatales chinas no deberían, en nuestra opinión, ser gestionadas como empresas privadas. El socialismo de mercado "chino" se basa en el mantenimiento de un fuerte sector público, que desempeña un papel estratégico en la economía. Todo indica que se trata de uno de los "secretos" del éxito de la economía china en términos de crecimiento, aunque esto ofenda a los liberales que defienden la propiedad privada y la maximización del beneficio individual. Esto está ligado también probablemente al tamaño de estas empresas públicas, verdaderos mastodontes de sectores como la energía, los materiales básicos, productos semi-acabados, en la construcción o el sector marítimo- en gran medida la economía de escala reduce los costes notablemente a todos los niveles (compras, producción, ventas). Se trata de empresas que suministran insumos baratos a una enorme cantidad de pequeñas y medianas unidades de producción permitiéndoles, entre otros factores condiciones de producción que favorecen su éxito en el mercado global.
Una "superioridad" de las empresas estatales chinas es la participación (aunque demasiado limitada, pero real) del personal de las unidades de producción, a través de sus representantes en el Consejo de supervisión y el Congreso de los trabajadores. El desarrollo de una “lógica accionarial" haría imposible esta participación - que a nuestro juicio, fortalece a las empresas. La propiedad del empleado, a veces se pone en práctica en las grandes compañías occidentales, pero sigue siendo minoritaria, no da ningún peso en la gestión y pone a los trabajadores en una contradicción entre los intereses de los empleados y accionistas.


Otra "superioridad " de las empresas estatales chinas es que pueden fácilmente cumplir con los objetivos de la planificación. No se trata de imponerles las tareas a cumplir, con fines políticos, lo que pondría en peligro su independencia y pesaría sobre sus resultados. El plan también puede dirigir las actividades de las empresas privadas a través de medios indirectos (impuestos, subvenciones y ayudas de todo tipo...). Sin embargo, al controlar la nominación y la gestión de los dirigentes, los poderes públicos -el Estado central y los gobiernos locales, de los que dependen un gran número de empresas- tienen los medios para asegurarse que actúan de manera apropiada, incluso en sectores de mercado, especialmente cuando así lo exija el interés del "servicio público". La especificidad de las empresas públicas tiene un efecto aún más fuerte cuando proporcionan bienes sociales dentro de los servicios públicos. Estamos de acuerdo en que tienen algunas ventajas injustas en materia de crédito, pero sólo si distorsionan la competencia que puedan tener con las empresas privadas, y sólo si producen "mercancías ordinarias".
¿Abrir los servicios públicos al sector privado?


En China, los servicios sociales (educación, salud, pensiones, prestaciones diversas) están en su totalidad o mayoritariamente en manos del Estado - es decir, del gobierno central o, con más frecuencia, de los gobiernos locales. Michel Aglietta y Guo Bai lamentan "su ineficiencia y rigidez." No plantean su privatización, sino poner fin a este monopolio: "El Estado debe dejar entrar a los actores privados en el mercado de la protección social y reorientar las funciones del gobierno. Su tarea pasará de la mediación de la gestión diaria de los proveedores sociales a la regulación y al control de los mercados que deben incluir actores públicos y privados”. De acuerdo con ellos, por lo tanto, debe tender hacia un sistema mixto, con competencia de mercado.


Creemos que esta evolución no es para nada deseable. Los servicios públicos no suministran bienes como los demás, sino bienes sociales, en oposición a los mercantilizados por el sector privado, lo que significa primero que son bienes necesarios para el ejercicio de la ciudadanía, que dan a las personas la capacidad de ser sujetos políticos (educados, informados), sociales (en buena salud, que disponen de medios de transporte colectivo...) e incluso económicos (con formación, medios de acceso al empleo...). No tiene nada que ver con la definición economista estándar de "bienes públicos" dada por nuestros autores, como bienes "no rivales y no excluyentes," es decir, con características técnicas que los hagan difícilmente comercializables.


Porque la definición que utilizan Michel Aglietta y Guo Bai se basa en realidad en la de los teóricos neoclásicos dominantes. Para ellos, los bienes producidos por el mercado y asignados por él son para uso privado, y las interdependencias entre los agentes son mediadas por precio. Una categoría de bienes, que ellos llaman "bienes públicos", que presenta sin embargo, la singularidad de ser objeto de consumo colectivo, que puede ser obligatorio (Justicia y orden público, por ejemplo) o no (Cultura), pero no es divisible, porque está al alcance de todos. No puede haber exclusión de su uso imponiendo un precio como suceden con los bienes, un "racionamiento”. Ninguna empresa privada tendrá, por tanto, interés en producirlos. Frente a esta " ineficiencia del mercado", los economistas ortodoxos (neoclásicos) mismos admiten que la producción de estos "bienes públicos" puede ser confiada al Estado - mientras se esfuerza en limitar el llamado comportamiento "de pasajero clandestino" mediante el cual las personas tratan de aprovecharse de los bienes públicos asumidos por la colectividad sin tener que pagar el costo (impuestos).


Nuestra interpretación es muy diferente, y se opone frontalmente el análisis "neoclásico". Porque creemos que los servicios públicos son bienes sociales que no pueden ser comercializados (como en el caso de la seguridad, la justicia o incluso la educación), o totalmente mercantilizados (para bienes "de la civilización" como la electricidad, el teléfono o el agua, cuyo uso es común, pero a la discreción de los individuos). Están como tales bajo la responsabilidad del Estado. Tomemos el ejemplo de la educación. Se debe proporcionar de forma gratuita, esencialmente a todos los ciudadanos en igualdad de condiciones (es en Francia uno de los fundamentos de nuestra República). Se puede llegar a admitir, por supuesto, que – por razones de libertad personal, religiosa u otra - haya una educación privada pero deberá ser obligada a proporcionar una educación obligatoria con profesionales validados y pagados por el Estado; y para todo lo demás, que será de pago. Consideremos el caso de la salud. Pueden existir clínicas privadas, donde la mayor parte de atención es reembolsada por la seguridad social, y donde otros beneficios sean de pago. Sin embargo, en un caso como en el otro, lo que no es debatible es que si quieres individuos ciudadanos, que esos bienes sociales sean sometidos a un régimen de competencia; la competencia quedará distorsionada (como se sabe, por ejemplo, muchas clínicas privadas sólo ofrecen los servicios más rentables y dejan a los hospitales públicos las tareas más ingratas pero indispensables, o incluso la formación de los médicos). Aquí vemos la diferencia entre la orientación socialdemócrata (o más bien " social-liberal ") y la perspectiva socialista.
¿O tomar seriamente la concepción china ampliada de servicios públicos?


Pero el alcance de los servicios públicos no se detiene ahí. La concepción china lo extiende, con razón, a nuestro juicio, a lo que podríamos llamar "productos estratégicos", los que proporcionan insumos esenciales a toda la economía nacional. Se hará mención aquí, entre otras cosas, a diferentes tipos de infraestructura, energía en sentido amplio, materiales básicos, así como también a la banca, la investigación básica, etc... Por eso el gobierno Chino define en 1999 los "sectores estratégicos" que son confiados a empresas públicas a las que apoya en todos los sentidos: un acceso privilegiado al crédito, intervenciones de "bancos políticos"... El sector privado no fue excluido, y podría complementar o servir de estimulante, pero el gobierno chino no duda en apoyar al sector público en el ejercicio de la competencia – a la vez que permite una competencia real entre las empresas de propiedad estatal entre sí. El poder de estas empresas de servicios públicos “estratégicos” es ahora una de las mayores fortalezas de la economía china.


Con frecuencia escuchamos en Occidente que el éxito de las exportaciones de China se debería principalmente al extremadamente bajo costo de la mano de obra. Es en gran parte un error, porque el costo de la mano de obra es sólo una parte muy pequeña del precio de venta (de aproximadamente 4-10% de promedio); algo que sin duda no es suficiente - incluso aunque los salarios chinos tienden a crecer más rápido que el del resto de las economías del Sur con quienes compite - para compensar los costos de transporte a los países importadores del Norte. El éxito de las exportaciones de China se debe en gran medida, al precio mucho más bajo de diversos insumos (energía eléctrica, materiales básicos, el teléfono y el transporte marítimo incluso); y este nivel de carga relativamente más barata a los productores deriva precisamente del hecho que estos insumos son provistos por empresas públicas con precios fijos (por ejemplo, para la electricidad o combustibles) o fuertemente controlados por el Estado. Sin duda, debemos tener en cuenta el hecho de que los salarios chinos en estas empresas son significativamente más bajos que en Occidente, pero sin omitir que son mucho más altos que los famosos "salarios de miseria de los talleres clandestinos" donde se producen bienes de exportación. ¿Cómo podemos olvidar que, a pesar de la crisis del año 2008, el ingreso neto de los hogares urbanos creció en términos reales y per cápita un 8,0 % en 2010, 8,5 % en 2011 y un 10,0 % en 2012?


Lo que está en juego en este diseño de los servicios públicos estratégicos, es la soberanía Nacional. Un término constantemente criticado por los partidarios de la globalización, que hipócritamente, no se sienten dolidos cuando someten a los estados nacionales al servicio de sus intereses. Es una constante acusar a China de nacionalismo, mientras que su ambición es preservar su civilización y los logros de la revolución. Pero vayamos más allá. Consideramos que las naciones, cuando no son imperialistas, son una riqueza de la humanidad, una especie de socio-diversidad a salvaguardar de la estandarización de los estilos de vida, de consumo y de cultura, una delicia para los viajeros y el mestizaje. Por nuestra parte, no observamos vanidad alguna en el tan repetido “socialismo con características chinas” o de la "civilización espiritual china", más allá del deseo de no mezclarse con el magma circundante de valores y modas occidentales. Esto no excluye, por supuesto, el deseo de compartir valores universales, que se han expresado muy bien en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.
¿No tenemos en los países occidentales muchos ejemplos de la degradación aparente los servicios públicos después de su privatización (incluso parcial)? ¿Acaso no sabemos que numerosas empresas del sector privado encuentran maneras de eludir sus misiones de servicio público, o hacer cualquier cosa con falsear la competencia en los mercados en beneficio propio (por ejemplo, la "optimización fiscal", la publicidad inútil o engañosa...)? Esperamos firmemente que las autoridades chinas resistan la tentación del liberalismo en la materia. Está en juego, en gran parte, el destino del "socialismo con características chinas". Más allá de los beneficios asociados a la introducción de mecanismos de mercado, en particular en términos de aceleración del crecimiento económico -que ayuda a legitimar la estrategia adoptada en la actualidad-, pensamos que la elección de la vía capitalista por parte del gobierno chino sería la forma más segura de lograr el fracaso de su estrategia de desarrollo. 
¿Qué tipo de "planificación estratégica"? 
Una característica muy notable del sistema político y económico de China es una poderosa planificación que, aunque ha cambiado considerablemente en sus objetivos y sus instrumentos en las últimas décadas, continúa aplicándose. Basta con leer el discurso del Primer Ministro y Ministro de Planificación anualmente en el Congreso Nacional del Pueblo para darse cuenta: se pueden ver qué objetivos específicos y cuantificados que se inscriben en un plan a cinco años se han logrado – algo que ocurre a menudo-, descubrimos los objetivos para el próximo año, igualmente precisos y cifrados. Michel Aglietta y Guo Bai también están claramente impresionados por la planificación,  que se proyecta hacia el futuro en un mundo marcado por la todavía creciente incertidumbre, y el libro está salpicado de referencias a una "planificación estratégica”. 
Sin embargo, ambos autores las entienden como políticas públicas que esencialmente orientan a los agentes económicos, en particular en lo social, ambiental y la urbanización. No se sitúan en el horizonte de "El estado estratégico" tan en boga en Occidente – frase que significa que el Estado se retire de la economía simplemente para “regular". Las políticas públicas que según su punto de vista son necesarias son mucho más intervencionistas, actuando sobre los precios de los factores en la dirección deseada, y en particular para "reequilibrar la riqueza hacia el capital intangible y el capital natural". Se puede leer en su obra excelentes páginas del libro, por ejemplo, sobre qué urbanización fomentar y qué medidas lograr para permitir un desarrollo sostenible que satisfaga el reto energético y del cambio climático.


Sin embargo, esta planificación "estratégica”, propuesta por los autores de “La vía China”, aparece principalmente como un simple útil gubernamental, a imagen y semejanza de aquello a lo que había aspirado la "Iniciativa de planificación" francesa durante los treinta gloriosos (tras la II Guerra Mundial). Nosotros defendemos que la planificación tiene un ámbito completamente diferente. Debe ser el lugar en el que se desarrollen y decidan las orientaciones colectivas, por lo tanto, debe ser un centro de democracia; porque las decisiones colectivas son otra cosa que "una muestra de preferencias colectivas”: son la expresión de una voluntad general. La planificación es el espacio en el que una nación elige un destino colectivo, y el medio mediante el cual las personas se convierten en un maestro de su propio destino. Y esto, en todas las áreas de la vida: en estilo de vida, por ejemplo, más individualista o más colectiva, maneras de consumir o de vivir y de ocupar el espacio... Actualmente, en China quien realiza estas decisiones para los ciudadanos es el Partido Comunista, en nombre de todo el pueblo -lo que nos llevaría a la discusión sobre dicho sistema político, que no vamos a discutir aquí, excepto para decir que el principio de la consulta es cada vez más planteado como una necesidad básica. En cualquier caso, este fuerte sentido de planificación se revela en las prácticas oficiales del discurso y del gobierno.
Y esta planificación potente con medios modernos y adaptados a las exigencias de la época actual, es precisamente una de las principales señas de identidad de un camino socialista. 
Nada que ver con el "buen gobierno" de inspiración neoliberal, que es el reverso exacto lo que uno esperaría de un "buen gobierno", ya que sólo fija las reglas que operan para el beneficio de las fuerzas dominantes de los mercados, despojando al Estado de su poder. Por el contrario, las herramientas técnicas, de planificación "estratégica" son muy diversa. Entre ellas, la que destacan los autores de “La vía china” son los impuestos. De hecho, es una herramienta muy importante, pero no es ni de lejos el único del que dispone el Estado en China. Lamentamos que no se haga mención a las tasas "subvencionadas" ampliamente utilizadas en China. No se alude a la regulación de ciertos precios, o el papel que desempeñan los pedidos públicos. Y sin embargo son los más eficaces en la planificación china. 
¿Un poder burocrático benevolente?


Para Michel Aglietta y Guo Bai,en  el poder político en China estaría inscrita la vieja tradición del poder imperial. Algo muy diferente de la monarquía absoluta, porque no era otorgada por derecho divino, si no que se basaba en una especie de "contrato social" con el pueblo (El soberano debñia ofrecer a los ciudadanos una serie de servicios a cambio de la lealtad), y debido a que este poder ofrecía oportunidades para el progreso social a través de un sistema de exámenes imperiales. De lo contrario, perdía su legitimidad y podía ser revertido. Además, este poder imperial tenía que cumplir con ciertas normas éticas específicas, como la justicia, la honestidad, el respeto de los valores familiares, en definitiva se comportan de acuerdo con un código de moral inspirado principalmente en el confucianismo.


Según nuestros autores, lo mismo ocurre con el Partido Comunista de China. Su poder sería jerárquico (pensando aquí, por ejemplo, en el "centralismo democrático"), pero no dictatorial (debido a que practica la colegialidad). Sobresaliendo por encima del aparato del estado, este partido puede ser admitido por el pueblo si continúa preocupándose por el bienestar y aumentar la "riqueza real”. Esta última implicaría que todos los tipos de capital sean adecuadamente tenidos en cuenta, entre ellos el "capital humano" (la capacidad y cualificación de cada uno) o el "capital natural" (caracterizado por la escasez de recursos, por lo que el desarrollo debe ser "sostenible"). El bienestar social requiere, en particular la búsqueda de la cohesión social, lo que requiere una reducción significativa de las desigualdades y un una mayor participación de la sociedad civil en la provisión de bienes públicos y la garantía de derechos sociales - todas ellas, condiciones que sólo son realizables si la energía es guiada por consideraciones éticas.
Esa es la esencia de lo que los autores de La vía China consideran como objetivo de la política. Y, en este sentido, piensan que las autoridades chinas estarían mejor equipadas que algunos democracias liberales, que inmersas en intensas batallas, hacen dominar a una mayoría (a menudo muy corto) sobre la minoría, ven como triunfan los intereses privados en el nombre del interés general, sólo se preocupan de cumplir con los individuos que viven sin la más mínima preocupación por las generaciones futuras, etc. Estaría igualmente mejor pertrechado, porque no tiene otra fuente de legitimidad que el logro este objetivo de desarrollo sostenible y el bienestar social, y porque puede tener una visión de largo plazo, donde las democracias occidentales siempre se colocan antes de las elecciones a corto plazo.


Este análisis , inspirado en los argumentos esgrimidos por el trabajo de la Comisión Stiglitz y por los puntos de vista de Amartya Sen, es probablemente bastante innovador, pero podemos decir que busca la vía china en la dirección de lo que podríamos llamar una especie de "compromiso socialdemócrata renovado", que debería someter a los titulares de capital físico, tanto públicos como privados, a un estado que garantice la valoración de otras formas de capital (humano , social, institucional , natural... ), por lo general descuidadas por el "capitalismo ordinario". Estaríamos de nuevo, en este sentido, según los autores, ante la forma en que el imperio chino lidiaba con los intereses privados. Sin embargo, aunque puede reflejar aspectos de la política china actual, este análisis no nos convence.


Tenemos la impresión de que la interpretación del poder político chino sugerida por Michel Aglietta y Guo Bai a veces tiende a proyectar en la realidad actual de este país una especie de ficción de gobierno socialdemócrata. Ficción, ya que defiende la visión -de J.M. Keynes en “Teoría General del empleo, el interés y la Moneda”– de una responsabilidad excesiva otorgada al Estado - el estado de una de las variantes de capitalismo. Es la misma fe que llevó a Keynes a creer en la posibilidad de ver una intervención pública exógena a la lógica capitalista de la maximización del beneficio para hacer desaparecer en última instancia, lo que él llamó "los aspectos escandalosos del capitalismo", empezando por el desempleo masivo y la desigualdad de ingresos. Sin embargo, este análisis subestima sin ella, en nuestra opinión, el actual poder extraordinario de los oligopolios financieros dominantes a nivel mundial, y puede generar un número de ilusiones políticas y falsas esperanzas sobre las capacidades de un supuesto todopoderoso Estado "reformista", de orientación socialdemócrata. 
Del mismo modo, el informe de la Comisión Stiglitz de 2009 no ponía en tela de juicio los fundamentos de la ideología dominante. Se deberían revisar, que no abandonar, las viejas certezas neoliberales: el tipo de cambio debe seguir siendo flexible; las virtudes de libre comercio son una vez más recalcadas frente a los "peligros del proteccionismo"; los evidentes defectos del gobierno corporativo se deben corregir, pero la gestión de riesgos continúa en última instancia, siendo encomendada a las finanzas internacionales. Estamos muy lejos del rechazo a la liberalización financiera globalizada expresada por el gobierno chino y junto a él, por cada vez más países del Sur - no sin contradicciones, es cierto. En cuanto a la visión "crítica", propuesta por Amartya Sen, que tiene la ventaja de estar inscrita en una perspectiva en términos de "desarrollo humano", más allá de la originalidad de una terminología renovada (capacidades), sigue siendo un “calco” de la teoría económica dominante que mantiene puntos en común con las políticas neoliberales. La fuerza de A. Sen tal vez sea la de no haber tomado nunca posición firme, más allá de su rol de experta de organizaciones internacionales, organizaciones de las que lo más diplomático que se puede decir, es que su contribución a la mejora de las condiciones de vida de los pobres está por demostrar. Si, en su prolífica obra, los conceptos son numerosos, las "aplicaciones" de su teoría, sin embargo, son escasas. Al igual que sucede con nuestros autores, los argumentos de A. Sen son fácilmente recuperables y la "otra voz " que representa, es la de un autor de talento sí, pero eso no es tan "diferente", e incluso está en armonía con la ideología dominante actual. Entonces, ¿cómo "hacer política", como llevar a cabo una política verdaderamente alternativa, social y democrática cuando nos mantenemos dentro del cuadro “reformista"? ¿No nos estamos condenando a la impotencia política frente al capital financiero globalizado?
¿O un poder comprometido con el camino socialista?


Tratar de buscar un punto "óptimo" en la asignación adecuada de las diferentes categorías de capital equivale a considerar que todas son igualmente necesarias para la producción de la riqueza, se trate de recursos “tangibles", "recursos humanos" (para usar el lenguaje de la gestión), o recursos naturales. Nosotros daremos un uso teórico y no metafórico del capital a largo plazo. Considerando que, en la tradición marxista, las únicas dos fuentes de riqueza -en valores de uso- son la mano de obra y la naturaleza, y sólo el trabajar crea valor. El Partido Comunista Chino sigue reclamándose explícitamente de dicha tradición. Desde luego, algunos de sus líderes utilizan el término "factores de producción" (trabajo, capital, tecnología, gestión, etc.), pero consideran que estos "factores" son, como para Marx, factores de la fuerza de trabajo productiva. Y el principio fundamental de la distribución del producto sigue siendo el de la distribución según el trabajo; y los ingresos de los otros "factores", por justificables que puedan ser, se deducen del valor producido por el trabajo. 
Lo que decimos aquí puede sonar ridículo cuando nos fijamos en la escala salarial China y el número de multimillonarios, pero nos parece que la línea general sigue siendo esa. Es cierto, y no está exenta de problemas, que su implementación ha sido "suspendida" para permitir el desarrollo acelerado después de décadas de crecimiento frenado por el igualitarismo (este es el significado de la consigna "hacerse rico antes que los demás"), antes de reanudarse de nuevo con la promoción de las cuestiones de justicia social y equidad. Esta es la razón por la que la mayoría de los líderes chinos todavía continúan tercamente a reclamarse del socialismo. 
En cuanto a la ética, los altos dirigentes del Partido Comunista suelen hablar de moral, recalcando una "moral socialista", de la que señalan 3 rasgos: el "trabajo concienzudo", la "rectitud", la "solidaridad", y, en la cuestión individual, el "respeto a uno mismo", la "confianza en uno mismo", la "calma" y el "espíritu de innovación" – que son algo más que el llamado a grandes principios abstractos como libertad, igualdad , imparcialidad, o la búsqueda de lo bueno, lo verdadero y lo bello. Es evidente que se pueden discutir estas virtudes morales; que se declaran socialistas, no confucianas. Pero al mismo tiempo, están en consonancia con algunas características de la moral tradicional china y el partido también tiene la intención "de mostrar las virtudes tradicionales." En ese sentido podemos hablar de una verdadera moral china.


Podemos observar esto con escepticismo y sarcasmo, cuando observamos el estado de las costumbres y comportamientos en la China de hoy: el arribismo, el amor al dinero, el consumismo, la corrupción (incluyendo al más alto nivel del partido). Sin embargo, no hay que tomar este discurso moral a la ligera: es el del Estado chino, permanemtente opuesto a esta la degradación de la moral (es también a tener en cuenta que para ser miembros del Partido Comunista se precisan más cualidades morales y una conducta ejemplar). Todo esto para decir que si existe una continuidad con la tradición, sin embargo frecuentemente reclamada, la " vía china" sigue reivindicando de manera explícita los ideales modernos del socialismo, no los adornos de una socialdemocracia renovada en tiempo y forma, y que consiste simplemente en una justicia social restringida a una redistribución limitada de los ingresos, en una equidad en el sentido (rawlsiano) de desigualdad sólo si va acompañada de algunas mejoras en la situación de los pobres, y en una fachada de democracia representativa que elude la participación popular. 
Estamos de acuerdo en que, obviamente, estamos lejos del ideal igualitario tradicionalmente asociado con el socialismo -con todas las modulaciones que deberían estar aquí hecho al principio de "a cada quién según su trabajo." China es sin duda un país en el que las desigualdades sociales son muy fuertes, y en el que el sistema de protección social no sólo es bajo (a excepción de los funcionarios y empleados de las empresas públicas) y además muy poco redistribuido -de hecho lo es mucho menos que el sistema socialdemócrata (“a estilo escandinavo" de los “buenos viejos tiempos”), como subrayan con razón los autores de “La vía china”. Estos últimos proponen fortalecer el pilar del Estado, haciendo recaer la financiación de los riegos universales (los que no sólo están relacionados con el trabajo), ya que el riesgo de enfermar, por un impuesto social sobre todos los ingresos. Evidentemente es algo a apoyar de buen grado, no sólo por el seguro de salud (que es el principio del comunismo: " [...] a cada quien según sus necesidades"), sino también por las jubilaciones y prestaciones de desempleo -por lo menos con una amplia base de cobertura.
Sin embargo, el fondo del problema es el de la desigualdad de la renta primaria: como es significativa debemos redistribuirla, generalmente a través de los impuestos (y, en los impuestos, los autores proponen una serie de medidas con mucho juicio). Pero podemos olvidar añadir que el Estado (gobierno central y gobiernos locales) solo tiene los medios más diversificados y más eficaces para reducir radicalmente la desigualdad en el sector público... En resumen, Michel Aglietta y Guo Bai sugieren que las autoridades chinas adopten lo que ellos piensan es "lo mejor" de la redistribución socialdemócrata, lo que probablemente sería una mejora en la situación actual. Pero nosotros creemos que, el camino socialista debería, en el futuro, ir más allá.
Breves reflexiones finales sobre el "socialismo con características chinas"


Nuestro hilo argumental es muy diferente del adoptado por Michel Aglietta y Guo Bai – a quienes damos la enhorabuena por la cantidad y calidad del trabajo -, en que interpretamos la realidad china de otro modo. Nos parece que el camino socialista no ha sido abandonado. Si tuviésemos que indicar un índice, y sólo uno: en la actualidad, el sector público está a punto de ganar terreno al sector privado (las empresas públicas están adquiriendo muchas empresas privadas). Por otra parte, explicar la idea de que la política china, incluida la materia económica, por la voluntad de un Partido comunista jerárquico y disciplinado de permanecer en el poder y para satisfacer principalmente los intereses de una enorme burocracia estatal que domina y sobre la que se apoya, no parece tampoco que coincida con la realidad. En primer lugar, es normal que un partido que reivindica una revolución busque mantenerse en el poder para alcanzar las metas que piensa constituyen los intereses del pueblo. Además, eso requiere examinar de cerca los intentos de auto-reforma que ese partido lleva a cabo, quien no tiene miedo de exponer sus fallos, en participar las deficiencias en materia de democracia interna y así como las reformas del sistema político que conduce paso a paso. En ese caso se puede tener otra lectura del sistema político chino. Hemos dicho, que este es un tema que no tratamos directamente en este artículo, dedicado esencialmente cuestiones económicas.
Dicho esto, creemos que existe una lucha soterrada – no  abierta como en la era maoísta - en el seno del Partido, de las universidades y organismos de investigación, de los intelectuales e incluso, más discretamente, de los medios locales, entre dos líneas políticas; la orientación socialdemócrata (a la que algunos llamarían sencillamente "liberal") y una orientación socialista. Esta última se atribuye en parte a la "nueva izquierda" que se coloca en una cierta continuidad con el legado maoísta. El camino socialista está lejos de haber ganado la batalla – y añadimos que aunque lo hiciese, también tendría sus luchas entre tendencias. En cierto sentido, podemos regocijarnos: no hay nada peor que el pensamiento único. Pero es lamentable que el debate no se haga público como debería en todas las capas población, sin degenerar como en el pasado.
Concluimos con algunas observaciones sobre el sentido que debe darse a esta expresión "El socialismo con características chinas", que aparece en casi todos los discursos oficiales. En nuestra opinión, podría tener tres significados posibles. El primero es la adaptación del proyecto socialista a las condiciones concretas de desarrollo de China. Este proyecto no tendría ninguna objeción mayor, salvo en términos de su consecución: el socialismo no se construye de un día para otro, ya lo hemos dicho. Una segunda interpretación es la de una "chinificación" del socialismo: el propio proyecto socialista debería ser repensado como un todo, para esta quinta parte de la humanidad, lo que depende de lo que fue y lo que debería ser una civilización típicamente china, y en consecuencia el marxismo debería ser profundamente revisado. Bastantes formulaciones, cuando menos ambiguas en el discurso oficial chino, parecen ir en esta dirección. El tercer significado es el de mantener el contenido universal del proyecto, pero desviándolo de una manera más conforme con el legado y los deseos de la nación china. También se puede hacer esta lectura del discurso chino. Para el resto de países, sólo se podría rescatar aquello que tiene un significado universal, pero por lo demás, tendrían que construir el socialismo que mejor se adapte a su ética (entendida como una forma de vida). Con mucho gusto iríamos en la dirección de esta tercera orientación.
Tal vez también habría lecciones que aprender, de dimensión universal, del pensamiento chino, lo que podría ayudar a guiar la investigación científica, al menos en lo tocante a las ciencias humanas, en nuevas direcciones, y que tendrían igualmente un carácter político. Pero este tema va más allá del alcance de este artículo. Aquí sólo podemos hacer algunas breves sugerencias de los dos conceptos chinos típicos, el concepto de armonía, del confucianismo y la unidad de los contrarios. La búsqueda de la armonía es restaurar los equilibrios donde se quiebran, que es aplicable a todos los excesos y desequilibrios la economía china actual, que se han mencionado anteriormente (el exceso de inversión, las desigualdades sociales, las exportaciones, el crecimiento ambientalmente dañino, etc.) pero este concepto es aún más amplio (un poder político no suficientemente ligado con las masas, el exceso de individualismo, la falta de moralidad, etc.). Es importante ya que afecta potencialmente a todas las áreas de la existencia, y desborda la tradición marxista que se centraron principalmente en los avances técnicos como fuente de la abundancia y la decadencia de los antagonismos de clase. Uno podría pensar simplemente se trata de conciliar los contrarios (por ejemplo, el campo y la ciudad, el consumo de la población y la preservación de la naturaleza...) y calmar las tensiones sociales que amenazan la cohesión y la estabilidad. No estaríamos en contra de lograr buenos compromisos. Aquí es donde la idea de la unidad de los contrarios (simbolizado el yin y el yang). Y dice algo más: los opuestos no son completamente extraños entre sí; pueden incluso reforzarase entre sí, y el equilibrio puede ser dinámico (por usar un ejemplo, la ciudad puede impulsar al campo y viceversa, o el consumo puede crecer en la búsqueda de nuevas técnicas y la preservación de recursos naturales para orientar hacia productos más duraderos...).

La idea es generalizable. Estos equilibrios dinámicos se deben buscar entre el individuo y la sociedad, entre los intereses individuales y los intereses colectivos entre los grupos sociales, entre las necesidades y las exigencias morales. El socialismo ya no es un proyecto del más allá, orientado hacia un comunismo "puro y perfecto", sino una construcción en movimiento, una "transición". Esta breve descripción final es para sugerir que el pensamiento chino plantea no sólo una variedad de civilización, junto al pensamiento occidental, sino también un crisol para la ciencia y la política del mañana.
Año 2013
(*) Rémy Herrera: Doctor en Economía (Desarrollo) de la Universidad de París Panthéon-Sorbonne
(**) Tony Andreani: profesor de filosofía 


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