domingo, 13 de noviembre de 2016


Nación Trump (a la segunda va la vencida)

Está claro que nadie va a escribir una hagiografía de Trump. Los que queremos a Trump, lo queremos con sus defectos (porque lo hacen humano).

Hijo de emigrantes de segunda generación (con respecto a su madre, no está claro si es de primera o de segunda generación). Su padre se hizo rico con la construcción en Nueva York. Ciudad tomada por los políticos y el crimen organizado desde la Segunda Guerra Mundial (la mafia se demostró como una organización eficaz para mantener la ciudad activa en medio del esfuerzo bélico, esto los estadounidenses lo volverían a poner a prueba durante su ocupación de Italia). El pistonudo Trump es un camorrista de adolescente, sus padres, preocupados, le meten en una escuela militar donde cursa el pre-universitario, se libra de la guerra de Vietnam pretextando un defecto físico (en los pies), va a la escuela universitaria de negocios y, de allí, a apoyar a los negocios en la construcción de papa y familia.

Atlantic City, la ciudad del juego de la costa este de Estados Unidos, a dos horas y pico de Nueva York en coche, se puede considerar una obra suya. Luego, entraría también mediante su cadena de hoteles en Las Vegas.

Casado tres veces, el primer divorcio (de la señora de sus tres hijos mayores y más conocidos) fue tormentoso, ella le acusaría de violación.

Con respecto a los negocios, ha declarado a su grupo empresarial cuatro veces en bancarrota y, aún así, ha conseguido salvarlo. A pesar de su fama de mujeriego y camorrista, no se conocen grandes conflictos con sus trabajadores o con los sindicatos; sus ayudantes más directos, hombres o mujeres, hablan maravillas de él.

En cuanto a sus veleidades políticas, hasta la elección de Obama como presidente no estaba claro si era republicano o demócrata. En el 2000, participó en las primarias del Partido de la Reforma para la presidencia de Estados Unidos, sin llegar a ser nominado por el partido para la carrera presidencial. El Partido de la Reforma fue creado por el multimillonario Ross Perot, que compitió con alguna posibilidad con George Bush padre y Bill Clinton en las elecciones presidenciales de 1992. Por el Partido de la Reforma también se presentaron como candidatos presidenciales Patrick Buchanan (derecha) en el 2000 y Ralph Nader (izquierda) en el 2004. Buchanan ya se había presentado en 1992 y en 1996 a las primarias presidenciales del Partido Republicano, en las de 1992 contó con el apoyo del libertario Ronald Paul, y recíprocamente apoyó a éste cuando se presentó a las primarias presidenciales del Partido Republicano de 2008 y 2012. Pero siguiendo con las veleidades políticas de Donald Trump, hubo un tiempo en que estuvo mucho más cerca de los demócratas (antes de que entrara en política de la mano del partido de Ross Perot), un tiempo en que era amigo personal de los Clinton, un tiempo en que hacía buenos negocios con los demócratas en Nueva York, por ejemplo, participando en la Raimbow Push Wall Street Project, de la mano del reverendo Jesse Jackson y también candidato en unas primarias presidenciales por el Partido Demócrata, “afro-americano” y heredero político directo del también reverendo Martin Luther King.

Con respecto a los candidatos (derechistas) del Partido de la Reforma, Pat Buchanan corrió la campaña presidencial del 2000 con el lema “América Primero”, viejo lema del aislacionismo estadounidenses (los que no quieren que su país se embarque en grandes guerras internacionales), y que Donald Trump lo ha recuperado durante esta campaña junto al de “Hacer América Grande Otra Vez” (un lema de la campaña presidencial de Ronald Reagan). Buchanan fue asesor de los presidentes “republicanos” Nixon y Reagan. Ron Paul también lo fue del último, pero lo abandonó cuando se cercioró de que la política económica de Reagan iba a estar supeditada a ganar la guerra fría, y de que no re-introduciría el patrón oro para la moneda (aunque bajo Reagan se llegó a crear una comisión específica al respecto). Por su parte, Ron Paul ha sido congresista de EE.UU. ininterrumpidamente desde hace más de tres décadas y, como hemos dicho, se ha presentado a las primarias para la presidencia de EE.UU. por el Partido Republicano en dos ocasiones, siendo su antagonista en ambas Mitt Romney (ex gobernador de Utah), que conseguiría la nominación del Partido Republicano en 2012 (siendo derrotado por Obama). Paul sigue en sus trece ideológicas, contra todo el mundo y cultivando un exclusivo grupo de seguidores, verdaderamente fanático, cuya virtualidad es que ha servido como germen para nuevos movimientos políticos, incluido el de Trump.

En definitiva, los precedentes político-ideológicos de Trump, de más cercanía en el tiempo a menos, serían, Ron Paul, Pat Buchanan, Ross Perot y Ronald Reagan. Como Buchanan, llama a reconstruir la república dejando de lado al “imperio” americano pero, a diferencia de Ron Paul, Trump no es aislacionista (frente a lo que se ha dicho de él durante las elecciones y se sigue diciendo todavía); entre sus apoyos, Trump cuenta con admiradores de Ron Paul como Sarah Palin (candidata a la vicepresidencia de EE.UU. por el Partido Republicano en 2008), y va a enfrentarse a la Reserva Federal en la medida en que está siga generando burbujas de irresponsabilidad económica, pero no va a introducir ni el patrón oro ni de plata para la moneda, no va a implantar un modelo de Estado mínimo (aunque sí va a reducir su peso), y va revisar todos los grandes tratados internacionales en los que EE.UU. participe, incluidos los de libre comercio (a los que se oponía Ross Perot en 1992, frente al candidato republicano Bush padre para las elecciones presidenciales). Como hizo Reagan, hará del ahorro privado, los impuestos bajos y la contradicción del Estado las grandes apuestas de su política económica, mientras cante las loas de la liberalización de la economía nacional y permita la emigración exclusivamente legal. Junto con la liberalización de la economía, podrá en marcha un ambicioso proyecto de re-urbanización del país que demandará capital privado y mano de obra, en paralelo al plan Juncker europeo. Si los “brotes verdes” de la época de Obama y Zapatero sirvieron para contener el batacazo de la economía, ahora la liberalización económica servirá para reimpulsar la economía en las dos orillas del Atlántico.

Continuando con la política de “contención” a nivel nacional, se acabarán las aventuras militares en el exterior (lo cual no equivale a no-intervención). Reagan también fue “conservador” al respecto, frente a los anteriores periodos bélicos en los que estuvo metido EE.UU., y no por ello dejó de intervenir directa o indirectamente en América Latina y el resto del mundo. Pero hay una gran diferencia entre el bombardeo de Libia realizado por el gobierno de Reagan, y la campaña militar multinacional de 2011 (bajo la cobertura vergonzosa y humillante de la ONU). Reagan saneó la economía estadounidense para enfrentar el desafío soviético, sin reducir el gasto militar. El resultado fue un descabellado proyecto de guerra de las galaxias que no se materializó (1) y la reapertura de las negociaciones entre EE.UU. y la URSS que condujo a la distensión y, por último, a la desaparición del bloque político de la Europa del Este.

Se trata de que EE.UU. replantee su lugar en el mundo para enfrentar los desafíos de los países emergentes y contrarreste la decadencia política y económica de Occidente. Lo cual no supondrá tanto la victoria de las tesis terroristas como su total descrédito. Si antes EE.UU. y Rusia (dentro de la URSS) se pudieron sentar juntos para ponerse de acuerdo sobre los grandes problemas del mundo, ahora deben volver a hacerlo, pero ya no como “grandes potencias” de un mundo bipolar, sino como participantes en un mundo mucho más complejo multipolar. Las debilidades del gobierno Trump nacerán, precisamente, de su retracción sobre las fronteras de EE.UU., cuando depende del poder militar que se siente y se teme en todo el mundo, así como de los grupos sociales que se sientan agraviados y desasistidos por el nuevo gobierno.

Las fortalezas del gobierno Trump residirán en su clase empresarial, en la ideología nacionalista y en los trabajadores que quieran ser reingresados (o ingresados por primera vez) al “sueño americano”.

Aunque el gasto militar (y el poderoso complejo militar-industrial) no se hunda con el gobierno Trump sino que, más bien, se apuntale, esa no será la clave del nuevo siglo multipolar. El poderío militar funciona para atemorizar y conminar, pero para negociar y gestionar proyectos hay que emplear más bien herramientas colaborativas y multifactoriales. No se trata del hegemonismo practicado por Bush hijo, desde una concepción supremacista, ni del hegemonismo practicado por Obama y los demócratas, desde una concepción utópica de los derechos humanos, sino de un nuevo resituamiento de EE.UU. como gran potencia netamente americana, netamente regional (y no “global”). Este tren lo podían haber tomado los demócratas en 2008, pero les paso por delante y lo perdieron. Con Obama, prefirieron sumarse a la alianza global por los derechos humanos, la democracia, bla, bla, bla, en definitiva, continuar la política imperialista de los Bush (las águilas neocon), pero con un enfoque más “humano” (tipo Alianza de Civilizaciones: la doctrina del “apaciguamiento” empleada con Irán, por ejemplo), el resultado fue la tercera edición de las primaveras árabes (la primera edición fue en 1916 y la segunda en 2005), y el recrudecimiento de la guerra de los neocon contra el terrorismo, ahora más radical e integrista que nunca. La alianza entre los neocon y el utopismo demócrata podía sorprender a propios y extraños, sin embargo dejó huérfana a una mayoría de la población en espera de un nuevo caudillo… Mitt Romney defraudó estrepitosamente las expectativas en 2012. Y la mayoría “silenciosa” seguía buscando a su líder. La maquinaría del Partido Republicano no se puede decir que no hiciera su trabajo para enfrentarse al fenómeno obamita en la Casa Blanca, lo hizo, muy pronto, desde el invierno de 2009, nada más llegar al poder Obama. Lo que hizo el Partido Republicano fue “apropiarse” del Tea Party. El Tea Party no era ni es exactamente un partido. Es una plataforma política que nació en 2007, impulsada por los partidarios de Ron Paul, que se enfrentaban a las políticas de Bush hijo no sólo por la guerra de Irak sino también, y especialmente, por las políticas económicas de los neoconservadores. El Tea Party amalgamaba las consignas más ortodoxas y nacionalistas de la derecha, pero desde un enfoque fresco, imbuido de individualismo socio-económico; una suerte de anarquismo (capitalista) de derechas que encajaba con la tradición individualismo e independentista de cierto patriotismo estadounidense. El Tea Party fue a la derecha lo que “¡Democracia ahora!” y otras organizaciones de dudoso origen eran para la izquierda; un movimiento contestatario contra el gobierno de Bush hijo, pero que en el caso del Tea Party giraban hacia Ron Paul como su “salvador”. Y, en cierto sentido, Ron Paul jugo ese papel de mesías de la derecha libertaria (anarquista), pero demasiado anarquista y demasiado independiente para el conjunto de las tradiciones de la derecha estadounidense que convergen en el Partido Republicano, por tanto, como argamasa de la alternativa política a Obama y el izquierdismo demócrata no valía (aunque como polemista y agitador de conciencias valía y vale mucho). Entonces, ¿cómo reorganizar a la derecha patriótica y conservadora estadounidense frente a lo que se le venía encima? Como decimos, el Partido Republicano se “apropió” del Tea Party de una forma tan espectacular y eficiente, que llenó el Congreso del país de Juan Nadie, es decir, de “hombres y mujeres corrientes” que venían de la pequeña y media empresa, amas de casa “profesionales”, etc. Estos Juan Nadie contemporáneos modernizaron y popularizaron el mensaje conservador como si se tratase de mil campañas electorales… Sin embargo, los republicanos no acababan de dar con la fórmula de quien podía representar a esta gente corriente. Sarah Palin, que parecía que podía ser la candidata ideal, tiró la toalla, y lo que se escenificó entre las filas conservadores en la campaña presidencial de 2012 fue una guerra sin cuartel entre los seguidores de Ron Paul y los de Mitt Romney que se saldó con el apoyo del Partido Republicano a Mitt Romney, lo que en absoluto restañó las heridas ni resultó creíble para el electorado en el sprint final para las elecciones presidenciales de noviembre de 2012, que volvió a ganar Obama con la misma sensación de fatalidad que se había vivido en 2008.

Por lo tanto, y para decirlo sin rodeos, en noviembre de 2016 vence en las elecciones de EE.UU. un ala del Partido Republicano, pero su victoria no es absoluta, y su pretensión no puede ni debe ser la edificación de una “dictadura” o la consagración de un nuevo mesías a la altura de Obama y su hipócrita mensaje de liberación social y cultural. Llega a la Casa Blanca un sujeto colectivo que tiene que tener muy claro a quién le debe el triunfo electoral y qué tiene que hacer para conservar y ampliar esa victoria popular.

Es un momento refundacional del país, como el que se vivió con Reagan, como el que se vivió con Theodor Roosevelt, como el que se vivió con Andrew Jackson (2), en cierta forma todos ellos “populistas de derechas”, como ha habido y hay “populistas de izquierda” en la historia de EE.UU. junto con tecnócratas y centristas (los Clinton daban ese perfil de centro pero la ola obamita echó a perder la visión equilibrada que les precedía en su administración del Estado, primero en 2008, ahora en 2016). Por otra parte, el paso por el ministerio del exterior de la Sra. Clinton nos hizo recordar los momentos más lúgubres y siniestros del mandato de su marido… No, señora Clinton, usted no ha perdido las elecciones por ser mujer, sino por ser una Clinton y, por cierto, la versión más siniestra de ese apellido… Los Clinton y los “nuevos demócratas” (Al Gore, Joe Lieberman, etc.) han quemado su último cartucho en estas elecciones. Por otro lado, han disfrutado de muchos momentos de gloria política y profesional bajo el prolongado mandato de Obama, no tienen motivos para quejarse.

En definitiva, el paleo-conservadurismo debe ir con pies de plomo para asegurarse su triunfo político, unir al Partido Republicano (que ahora parece unido) y unir al país (que es más importante, incluso, que unir al partido). La derrota de los neo-con frente a los “trumpistas” es sólo relativa. Sin ir más lejos, el vice-presidente de Trump, Mike Pence, es uno de sus representantes. Por lo tanto, ha tenido que negociar para llegar al poder político, y va a tener que seguir negociando y, seguramente, esa va a ser una de las señas de identidad más características de su mandato. Negociar sabiéndose fuerte y, sobre todo, con la enorme máquina de propaganda que le rodea. Porque, si bien el medio no es el mensaje, en buena medida lo condiciona. Sobre “campañas negativas”, por cierto, saben mucho los Clinton… Ahora, también prueban su propia medicina [un ligero regocijo para los humildes]. Porque parece que aquí sólo pueden ser listos, educados, divertidos y agradables los izquierdistas. No, hijo, no. ¡Si hasta Trump tiene una Universidad (privada) que lleva su nombre!

Por lo tanto, dos alas de dos partidos políticos han sufrido un batacazo considerable, los neoconservadores (del Partido Republicano) frente a los paleoconservadores, y los centristas (del Partido Demócrata) frente a los izquierdistas. ¿Eso quiere decir que si el Partido Demócrata hubiera concurrido a las elecciones con un candidato izquierdista como Bernie Sanders las hubiera ganado? Seguramente, entonces, la derrota del Partido Demócrata hubiera sido mayor. No, el batacazo lo reciben las componendas, el tráfico de influencias, los chanchullos en las alturas y el gatopardismo (cambiar algo para que todo siga igual), además de las revoluciones descafeinadas de Obama y compañía, que arman guerras civiles por derechos sin sustancia, desasistiendo a las poblaciones que verdaderamente tienen que ser sujetos de esos derechos (parados, familias sin recursos, etc.). El asistencialismo ha fracasado y el individualismo patriótico ha resurgido de sus cenizas.

Es el paleoconservadurismo el que ofrece el antídoto contra el declive de la nación americana que no implica el desmentido de sus instituciones sino su resurgimiento o, más exactamente, su re-adaptación. No se trata de un poder comatoso ni impulsivo, sino negociador desde su fortaleza. Y, junto con la nación norteamericana o estadounidense, el resto de Occidente debe también re-adaptarse, ya lo ha empezado a hacer la Unión Europea y, antes que nadie, el Reino Unido. Por tanto, se trata de un gran reajuste de los continentes políticos. Y, paradójicamente, cuestionamos una de las piezas fundamentales del neoliberalismo de la década de 1990 como son los tratados de libre comercio. Eso tampoco quiere decir que se vuelva a los Estados-nación del siglo XIX; al contrario, re-fundarse implica adaptar los fundamentos a las nuevas condiciones de existencia, nacer a un nuevo estado de cosas, eso trata de hacer, en estos momentos, EE.UU. e, insistimos, eso ha hecho a lo largo de su historia, y hace cualquier nación que se precie de su existencia.

El Partido Republicano, que se llama a sí mismo el “gran viejo partido”, en realidad no es tan viejo (prácticamente, es tan viejo como el demócrata, ambos fundados en la década de 1850, y ambos resultado de la desintegración de otros dos partidos anteriores). Su auténtico momento fundacional es con la guerra civil estadounidense de la década de 1860 (guerra de secesión, para los europeos), cuando el Partido Republica es el gran adalid de la guerra contra los “rebeldes” del sur. El segundo momento re-fundacional del Partido Republicano es con la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles en el interior del país, entonces el Partido Republicano adopta sus rasgos ideológicos definitorios de la actualidad: austeridad económica y libre empresa, conservadurismo moral y social, patriotismo y anti-comunismo. En el caso del Partido Republicano, el federalismo adopta tonos más federalistas en el sentido europeo, en el sentido descentralizador de las competencias políticas, mientras que el Partido Demócrata se convierte en el gran partido centralista, pro-derechos humanos, y mezcla de lo público y lo privado. Un caso extremo en la óptica descentralizadora lo representa Ron Paul (que llega, incluso, a coquetear con las aspiraciones secesionistas, históricamente, de algunos Estados). Un caso extremo re-centralizador en la política estadounidense lo representa el ala izquierda del Partido Demócrata y Bernie Sanders. A medio camino se puede encontrar el neo-conservadurismo de los Bush y el centrismo de los Clinton. La cuestión federal, en un país tan grande como EE.UU., no es ninguna broma, y cada Estado se toma su autoridad muy a pecho sin menoscabo de la autoridad federal en todo el país. Posiblemente, el neoliberalismo implica la tercera refundación del Partido Republicano, en una época (los años 70, en medio de la guerra de Vietnam) en que la intervención del Estado en la economía era incuestionable, como resultado de esa reacción neoliberal el libertarismo económico de los Ron Paul y compañía. La “revolución conservadora” de Reagan ya tenía un fuerte contenido moralizador y religioso (recordemos como llamaba a la URSS: el imperio del mal, no muy alejado del “eje del mal” del que se hablaría con Bush hijo). Ahora bien, con respecto a las consecuencias económicas de su propio gobierno, ni siquiera la derecha se pone de acuerdo. Todo el mundo habla de la austeridad y la libertad económica, pero nadie habla de la deuda galopante que dejó como herencia. Y lo cierto es que tras sus dos mandatos comenzó la desvertebración del Partido Republicano. Bush hijo ganó de forma controvertida las elecciones presidenciales del 2000 y, después de los atentados del 11 de septiembre de 2011, su gobierno fue, si cabe, más controvertido todavía. Hasta que el Partido Demócrata no encontró a un empollón carismático que se les daba de izquierdista no pudo volver a la Casa Blanca. Otra empollona sería la encargada de hacer que la abandonara, no sin antes batirse en buena lid con un camorrista con pinta de currante y curtido en la negociación empresarial…

El resultado de las elecciones primarias en los primeros Estados en los que se vota es decisivo para saber quién se va a llevar la nominación del partido a finales de la primavera o comienzos del verano. Trump deslumbraba y maravillaba ya a finales de enero de este año y lo alejaba de la pinta de payaso y producto televisivo que había parecido rodearle hasta diciembre del año pasado. Clinton, en cambio, aprovechaba su gran oportunidad para hacer valer su condición de primera-mujer-que-aspiraba-a-la-presidencia (aunque, desde luego, no era la primera, ni mucho menos, que lo intentaba), después de que en 2008 la malograra esa oportunidad Obama. A comienzos de la primavera, todavía parecía impensable que Trump consiguiera la nominación del Partido Republicano, pero, poco a poco, se fue haciendo eso realidad para pasmo de propios y extraños.

Esperemos que les salgan las cosas bien, por el bien de todos. Sin vencedores, ni vencidos. Sin la empalagosa hipocresía del progresismo (sin sus discursos vacíos) pero, también, sin la prepotencia huera del neoconservadurismo, un poder equilibrado, que es temido, pero no humilla, que es respetado, pero no exige pleitesía, que es humano, y por eso se sabe limitado.

Los cambios en la “administración” Trump se notarán a corto, medio y largo plazo, pero no serán, al estilo de Bush, salteados y absurdos, o al estilo de Clinton, vergonzosos y humillantes. Más que un poder blando (como diría Joseph S. Nyer), un poder seguro pero suave, mano de hierro con guante de terciopelo; las tortas a ser posible, con suavidad, para que sirvan de escarmiento, de oportuna lección más que de castigo, muerte y derrota. Por eso, no se trata, repetimos, de desmentir el poder norteamericano, sino de reconducirlo. Magnánimos en la victoria, compasivos con el vencido, conciliadores con el aprendiz, implacables con el reluctante, impasibles a las provocaciones… Ese es el poder del nuevo conservadurismo. El poder de un imperio que se sabe ante todo republicano, empresa colectiva y no patrimonio de una familia y grupo social determinado.

El imperio romano colapsó ante el empuje de los bárbaros y el hundimiento de la economía esclavista. Trump y los paleoconservadores quieren poner a raya a los bárbaros y resucitar el brazo industrial norteamericano. Nada que objetar al respecto (aunque se van a tener que enfrentar a librecambistas furibundos, especuladores vergonzantes e hipócritas progres). Es decir, que los negocios giran en torno al área del Pacífico, pero en Europa todavía no hemos aprendido a vivir del aire. La entente entre Europa occidental y América del Norte se actualizará pero, en ningún caso, se desechará, porque, en última instancia, los desafíos del poder occidental a las dos orillas del Atlántico Norte son comunes.

Lo que no se pone en cuestión es tanto la hegemonía de EE.UU. en el mundo, cuya decadencia ya ha sido cantada de mil maneras, como el sentido de la evolución del sistema económico mundial y sus cambios en la medida en que transforma la realidad socio-política y los sectores productivos de los países que va incorporando a su seno. Una empresa gigantesca que comenzó con la revolución industrial en el siglo XVIII y que ahora transforma radicalmente Asia, después de haberlo hecho con Europa y América. El continente que queda en la lista es África. Y en la marcha del capitalismo mundial se transforman los sistemas políticos y se reforman las estructuras sociales. Para la introducción del capitalismo en el tercer mundo tampoco hay que desdeñar la misión “educadora” de las congregaciones religiosas, históricamente punta de lanza del colonialismo europeo y en los últimos cuarenta y pico años financiadas directamente por las multinacionales. Pero, ¿hay una clase media capaz de soportar el empuje del capitalismo mundial y que no se hunda en el intento, o deberemos seguir asistiendo a esta parodia no exenta de dramatismo de alternancias entre la izquierda y la derecha en el gobierno de los países?



Benito García Pedraza (http://benitogarciapedraza.blogspot.com)




(1) La guerra de las galaxias de Reagan fue resucitada por Bush hijo como “paraguas antimisiles” (una versión reducida la pusieron en marcha los israelíes como “escudo de hierro”).

(2) El presidente Andrew Jackson de EE.UU. (1829-1837) fue el fundador del Partido Demócrata y, sin embargo, hoy sería una figura reivindicada por el ala nacionalista del Partido Republicano. Héroe de guerra, se enfrentó contra el ejército británico con posterioridad a la independencia de Estados Unidos; cuando llegó a la presidencia también se enfrentó contra los intereses bancarios, y particularmente contra sus pretensiones de construir una autoridad bancaria central independiente del Parlamento. Andrew Jackson también es a la vez producto y artífice de la moderna política de masas en EE.UU. y el primer político populista en su país, después del gobierno indiscutido de George Washington.

 

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