domingo, 16 de abril de 2017

Poniendo los puntos sobre las ies. Trump sigue siendo “mi” presidente

En lo más duro de las Primarias estadounidenses, y tengo que empezar así, con este tono lírico, en lo más duro de las Primarias estadounidenses, cuando el “establishment” arreciaba de forma inmisericorde sobre Trump, ¿quién pudiera llegar a pensar que iba a llegar entero a la Convención Republicana de julio? Y, sin embargo, lo hizo.

Recuerdo especialmente las Primarias republicanas del Estado de Wisconsin, fue un total pucherazo, de verdad. El gobernador de ese Estado era y es Scott Walker, “establishment” republicano a tope, partidario de Ted Cruz (el gran antagonista en las Primarias de Donald Trump). Bueno, pues semanas después, en las Primarias republicanas de Indiana, Ted Cruz acababa tirando la toalla. Quién lo hubiera podido creer. Hacía unas semanas, nadie.

Pero eso no quiere decir que el “establishment” republicano no siguiera poniéndole las cosas difíciles a Trump, ni mucho menos. Qué iba a hacer Trump, ¿abandonar el Partido Republicano), había amenazado con hacerlo a lo largo de las Primarias. Entonces sus opciones para llegar a ser Presidente de EE. UU. se hubieran reducido considerablemente (presentándose como un candidato independiente).

La primera víctima sonada que se cobró el “establishment” en su campaña (hubo alguna más) fue su asesor electoral, Roger Stone. Una estrella, un fuera de serie, como todos los que han acompañado a Trump. A Roger Stone le empezaron a achacar sus vinculaciones con los rusos, el “establishment” ya empezaba a apuntar por donde seguirían sus dardos.

Trump salió nominado como candidato a la Presidencia de EE. UU. Por el Partido Republicano en su Convención Nacional de Cleveland. ¿Sabéis quién hizo de “telonero” de Trump? El gobernador Scott Walker de Wisconsin, el que había sido partidario de Cruz durante las Primarias. En aquella Convención, el Partido nominó a Mike Pence, gobernador de Indiana, como su candidato a la vicepresidencia. Pence había sido partidario de Cruz durante las Primarias, “católico-evangélico” o, lo que es lo mismo, cristiano renacido, neo-cristiano, cristiano-sionista, ¿lo entendéis? Firme neoconservador, como el resto del “establishment” republicano, “bushista”.

En aquella Convención del Partido Republicano hubo otro “telonero” de Trump, el gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, trumpista convencido. Pero Christie no tenía ninguna veleidad “pro-rusa”, al contrario. Utilizó sus intervenciones en el escenario de la Convención para cargar contra la “diplomacia” de los demócratas, especialmente de la Hillary, de Hillary Clinton, y la acusó de ser “conciliadora” con Assad, ahí es nada. Christie sonó para varios cargos de la Administración de Trump, pero ha terminado conservando su cargo como gobernador de Nueva Jersey.

Otra ex-seguidora de Ted Cruz fue Nikkie Haley, la actual embajadora de EE. UU. en la ONU, pero Haley abandonó a Cruz en medio de las Primarias republicanas para adherirse a Trump. Digamos que se daba cuenta por donde apuntaba la corriente general, además de ser una “patriota republicana” convencida. Establishment al máximo, gobernadora de Carolina del Sur hasta que Trump la nombró nueva embajadora de EE. UU. ante la ONU.

Al cruzar el meridiano de las elecciones presidenciales, con la nominación del Partido Republicano ya en el bolsillo, Trump se buscó a Steve Bannon como su estratega electoral, el puesto que había ocupado Roger Stone. Con esta designación los medios de comunicación decían que Trump había jugado a la polarización de la campaña. Efectivamente. Lo más suave que se puede decir de Bannon es que es un nacionalista de derechas.

La campaña presidencial se perfilaba ya como dura en las Primarias, y en la recta final fue durísima.
Los argumentos que se emplearon para criticar a Trump fueron:
  • Que era inexperto en política.
  • Que como empresario, más bien, había resultado fraudulento.
  • Que era de extrema-derecha, racista.
  • Que era pro-ruso.
  • Que era mujeriego.

Gana las elecciones presidenciales de EE. UU. Trump contra todo pronóstico (aunque los más avispados dicen que ya lo preveían).

Primeras conclusiones que se pueden extraer de esta victoria electoral:
  • El globalismo ha sufrido una derrota, lo que no significa que sea su final. El proceso expansivo de la globalización se enfría, como no se enfriaba desde la crisis financiera internacional motivada por las hipotecas basura de EE. UU.

  • EE. UU. inicia un repliegue sobre sus fronteras en lo económico y lo político, con introducción de políticas económicas restrictivas en la moneda y el comercio, mayor control de la inmigración (o mano de obra) y de la deslocalización de las empresas estadounidenses (el capital industrial).

  • En política, una actitud más agresiva y autoritaria con los medios de comunicación (que, al fin y al cabo, es capital industrial), distanciamiento en las relaciones con socios tradicionales como la Unión Europea, y mayor agresividad con China, mientras se afianza la relación preferente con el Reino Unido y Japón. La relación con Rusia se la mete en la nevera y se la deja enfriar. A América Latina en general, y a Cuba en particular, se la pone al mismo nivel que la Unión Europea, distanciamiento táctico a la espera de cómo evolucionan los acontecimientos.

  • Con respecto al Ejército, después de algunos titubeos, se eleva exponencialmente el presupuesto de defensa. Y se muestra cierto tono agresivo con China, la distensión con Rusia se pospone pero tampoco se rechaza, aunque la guerra abierta entre la Administración Trump y los medios de comunicación la vuelve desaconsejable.

Esto ocurre en los tres primeros meses de administración de Donald Trump, en los que dos de sus hombres de máxima confianza, como el nuevo fiscal general, Jeff Sessions, y su consejero de seguridad, Michael Flynn, son puestos públicamente en cuestión por su relación con los rusos y acusados de no informar al respecto cuando se les nombró para sus cargos ni al Senado (en el caso de Sessions) ni al gobierno de Trump (en el caso de Flynn).

La relación de la jefatura del Ejército con el Presidente de EE. UU. está sujeta a controversia y es clave para un desempeño exitoso de la presidencia de EE. UU.

La post-guerra de Irak fue un desastre porque EE. UU. no lo enfocó bien, no se apoyó ni en los militares ni en la teoría militar adecuada. Puede resultar un juicio duro, pero se aproxima bastante a la realidad si tenemos en cuenta que el ejército de EE. UU., sencillamente, no estaba preparado para lo que vendría al acabar la guerra, especialmente en lo que se refiera a la lucha contra la insurgencia.

EE. UU. estaba ocupado en levantar un país como Irak, prácticamente, desde cero, y con instituciones nuevas. De manera que la lucha contra los diferentes grupos rebeldes o, simplemente, la administración “militar” de un territorio conquistado, no sabía hacerlo; EE. UU. estaba preparado para ganar la guerra, pero no para administrar la victoria (¿suena a lo que pasó en Afganistán tras la retirada de los soviéticos en 1988? Sí, es muy parecida).

La aberración de la cárcel de Abu Ghraib tiene que ver con eso, pero hubo muchas más aberraciones... De hecho, no las dejó de haber hasta prácticamente nuestros días. De ahí que el “sunnismo” o, más precisamente, los agraviados por la justicia de la post-guerra se tomaran su revancha en la ofensiva militar del Norte de Irak en el verano de 2014. Hablamos de “terrorismo islámico” en general, pero ese terrorismo tiene muchas caras y facetas y, reducido a su mínima expresión, es revanchismo y delincuencia organizada que, en las condiciones excepcionales de una guerra, emplea una coartada ideológica para cometer sus crímenes, por ejemplo, el terrorismo islámico.

De manera que la post-guerra en Irak estaba siendo un desastre para la administración estadounidense. Con razón, ganaban enteros en el Ejército y en la opinión pública aquellos militares que consideraban que no se tenía que haber empezado esa guerra y que, en todo caso, la guerra contra el terrorismo se tenía que realizar no mediante el guión de una guerra clásica (una guerra no convencional exigía medios no convencionales). Esto lo decían en público militares con simpatías demócratas como el general Wesley Clark (jefe supremo de la OTAN durante su campaña militar contra Serbia) y otros no necesariamente vinculados al partido demócrata como Michael Flynn, que dimitió el pasado febrero como consejero de seguridad del presidente Trump (1).

Finalmente, y en el 2007, EE. UU. logró virar su mala racha en la administración de la postguerra irakí, de la mano del general Petraeus. Petraeus lo que hizo fue, sencillamente, cambiar la concepción de la “guerra” que tenían entre manos, hacia el concepto de “guerra no-convencional”. ¿Este concepto bélico era nuevo? No, pero hasta Irak los estadounidenses no lo pusieron en marcha. El imperialismo europeo lo puso en marcha en su lucha contra los “movimientos de liberación nacional” posteriores a la II Guerra Mundial, los franceses en Argelia y los británicos en Malasia. Los estadounidenses se reciclaron en esta concepción en la conocida como “Escuela de las Américas”, pero allí ellos la recuperaban de la experiencia europea para que fueran las dictaduras latinoamericanas que patrocinaban las que lo aplicaran (2).

En 2008, Obama fue elegido presidente de EE. UU. con la promesa de sacar a sus tropas de Irak, cosa que empezó a hacer nada más llegar a la oficina presidencial, aprovechando la recuperación del orden público en Irak, y concluyó en 2011. ¿Pero se trajo las tropas a casa? No, se las llevó a Afganistán. Efectivamente, porque la derrota de la república laica de Afganistán, en 1989, había puesto en ese país un Estado ultra-conservador [reaccionario], ahora derrocado directamente por EE. UU. (dentro de una coalición internacional, como en Irak). Y la insurgencia afgana exigía de los métodos contra-insurgentes del general Petraeus.

Obama designó como jefe de la campaña militar afgana al general McChrystal, de simpatías demócratas. Pero el general terminó criticando de forma poco elegante al presidente Obama, y este lo reemplazó por Petraeus. El general Petraeus tampoco tuvo mucha suerte en su nuevo destino, pero no por razones estrictamente derivadas del desempeñó de su cargo. Una investigación ordinaria del FBI descubrió que era infiel a su esposa, el general pintaba para puestos de mayor envergadura en la República, y aquello le desacreditaba. No tanto por el hecho en sí de lo que hiciera en su vida privada sino porque, simplemente, porque no pintaba bien para puestos de mayor envergadura. Petraeus se disculpó públicamente y se retiró del ejército (jubilación voluntaria, tenía ya 60 años), Obama le dedicó una despedida pública bastante emotiva.

Por lo tanto, las enseñanzas aprendidas por los militares en Irak las llevaron a Afganistán. En aquel país dejaron pequeñas unidades (especialmente destinadas al entrenamiento y preparación de las fuerzas armadas irakíes) pero, eso sí, después de Saddam Hussein aprendieron la lección y repartieron bases militares por todo el golfo pérsico o árabe.

McCain, como candidato presidencial de EE. UU., visitó Irak en 2008, y era un admirador de los métodos del general Petraeus. McCain no quería que EE. UU. se fuera de Irak. Y, además, aspiraba a abrir un nuevo frente de guerra contra Irak.

En cualquier caso, no fue McCain quien salió elegido en las presidenciales de 2008, de manera que el “establishment” republicano político-militar tuvo que tragar con Obama y la nueva administración demócrata.

La administración de Obama, aunque se dice generalizando que continúa la de Bush en política exterior, marca un antes y un después.

Plantea un calendario de retirada de las tropas de Irak, en beneficio de una mayor implicación en Afganistán, con el apoyo de la OTAN.

Normaliza relaciones con Rusia y América Latina (especialmente con Venezuela, encauzando las relaciones con Cuba).

Con Europea y, particularmente con la Unión Europea, plantea una estrecha relación, reimpulsando el protagonismo de la OTAN.

A Irán le ofrece diálogo y entendimiento (después de los episodios de las “revoluciones de colores”). Sin embargo, al resto de países de Oriente Medio, los demócratas estadounidenses les van a ofrecer una nueva versión de las “revoluciones de colores”, en forma de “primaveras árabes”. La manera de hacer política de una u otra administración de EE. UU., unos se presentan como negociantes consumados y vendedores de todo tipo de cosas, y los otros como idealistas y encantadores de serpientes.

El militar que destituye, o hace dimitir, Trump el 13 de febrero pasado, de su cargo de consejero de seguridad de la presidencia, Michael Flynn, es más de la línea demócrata o, si se prefiere, demócrata-independiente, en la línea del republicanismo institucional, es decir, de los militares “institucionalistas” (como los llaman en Latinoamérica) que hacen su trabajo sin caer bajo presiones políticas. Los maledicentes dicen que es pro-ruso, porque se lleva bien con las autoridades rusas, es decir, que es un militar diplomático, lo que debe ser un gran pecado para algunos jerarcas del ejército y de la política estadounidense.

Sea como fuere, las envidias, que anidan en todas las organizaciones profesionales y para-profesionales, junto con el tráfico de influencias, se cargaron al general Flynn y pusieron en su lugar al general Kellogg, que duró en el puesto 7 días y, por último, al general McMaster, mucho más dúctil y manejable que Flynn, como la actual embajadora de EE. UU. en la ONU.

McMaster pertenece al núcleo duro del “establishment” político-militar republicano. Eso quiere decir que está de acuerdo con la concepción “bushista” (neoconservadora) de la guerra y de las relaciones internacionales, que ha aprendido las lecciones de la guerra no-convencional, y que está dispuesto a aplicarlas, y a hacer que el ejército las aplique, allí donde sea, ya sea en Irak, en Afganistán, en Siria, en Irán, o donde sea, donde sea con tal de demostrar sus dotes castrenses y lo acertado de sus ideas, donde sea.

De manera que, en la administración de Donald Trump, tenemos al frente del ministerio de defensa a un general retirado de infantería que apodan “perro loco”, el general James Mattis. Un asesor de seguridad nacional, general de caballería acorada, en activo, aleccionado en la guerra contra-insurgente y convencido de la genialidad de sus ideas, tenemos una máquina bélica estadounidense engrasada, y deseosa de reclutar a más jóvenes y embarcarlos en sus aventuras militares, tenemos unos militares con acceso directo al despacho del presidente y una CIA que ha estrechado su relación con el ejército.

Nuevamente, la amenaza del terrorismo sirve para justificar el engrasamiento del “complejo militar-industrial”, y la guerra se emplea como una amenaza en la negociación política. ¿Hemos cambiado algo con respecto a Obama? Sí, siempre se cambia. Nunca llueve de la misma manera, ni sobre el mismo suelo.

Steve Bannon, el “ultra” que acompañaba a Trump desde la campaña presidencial, fue removido del primer círculo de confianza del presidente a comienzos de abril. Aún así, aparecía en la famosa fotografía de la sala situacional donde se siguió el ataque (ilegal e inconstitucional) a la base militar de la aviación siria (en base a pretextos abiertamente falsos e hipócritamente aducidos como causa del ataque) (3).

Ron Paul, ex-congresista de Texas, pone a Bannon a la altura de la representación de la escuela de pensamiento económico austríaco en el gabinete de Trump. En todo caso, es una de las opiniones que escucha el presidente Trump, que no es poco.

Ron Paul ejerció, prácticamente, el mismo papel (de opinador influyente “ultra”) en el gabinete de Ronald Reagan, hasta que el mismo Paul desistió de seguir haciéndolo.

En definitiva, y no dejó de insistir en esta idea, Trump sigue los pasos de Reagan, “incluso cuando se equivoca” (o sus seguidores creen que se equivoca).

Reagan también bombardeó, de una forma ilegal e inconstitucional, Libia. Reagan mantuvo una guerra contra la Nicaragua sandinista bajo la figura legal de “operaciones secretas” de la CIA, donde no se dudó en recurrir al tráfico ilegal de armas y droga, y a la mentira al Congreso y a la opinión pública de EE. UU. para desarrollarla. Reagan se convirtió en un maestro de las alianzas “contra-natura” para hacer daño al enemigo común, y el resultado lo vemos en Afganistán, Europa del Este, América Latina, Oriente Medio y el Sudeste Asiático.

Con Reagan, se nos legó el mundo de la post-guerra fría, y Bush padre, su sucesor, impulsó el “Nuevo Orden Mundial”.

Es inquietante, y criminal, el mundo que se empieza a configurar con Trump. Pero no lo ha sido menos el anterior.

El repliegue táctico iniciado por Trump ya no responde a la lógica del “nuevo orden mundial” o del “orden bipolar”, sino de un “orden multipolar” donde EE. UU. Tiene que asegurar su hegemonía en todo el continente americano para no perder su peso geo-político en el mundo.

Ni las cañoneras, ni los tomahawk, ni mucho menos la bomba nuclear, va a asegurar la hegemonía de EE. UU. en el mundo, lo cual no quiere decir que no pueda recurrir tácticamente (como ejercicio de disuasión) a alguna de esas armas en un momento determinado.

El mundo “se hace multipolar”, y no es algo con lo que se pueda discutir, es algo que hay que constatar,pero la efectividad y eficacia de este concepto es tan incontestable como el imperialismo decimonónico o el mundo bipolar decimonoveno.

Acabada la Creación, Dios miró lo que había hecho y vio que era bueno, y se regocijó. Al séptimo día descansó, y consagró ese día como Santo para que todas las criaturas lo recordarán en él.

Obama nos enseñó la Tierra prometida, Trump reinstauró la República, ¿y la entente euroasiática traerá la paz y el socialismo?



Benito García Pedraza
(Semana del 10 al 16 de abril de 2017)



Post-scriptum: Desde que publiqué la introducción a este artículo (12/04/2017) se han dicho muchas cosas acerca del recalentamiento de la política internacional de EE. UU. en los mass media que yo suelo seguir, de manera que conviene puntualizar algunas cosas:
  • La política exterior de la Administración Trump es la política exterior del Partido Republicano, es decir, es solidaria con toda la política exterior que el Partido Republicano ha venido haciendo prácticamente desde comienzos del siglo XX. ¿Creen que exagero? La única diferencia al respecto son los medios con los que cuentan para hacerlo. La diplomacia de las cañoneras de Roosevelt era menos invasiva que los bombardeos de Reagan y Trump, pero el resultado era el mismo. Además, cuando esta política se realiza desde la oficina del presidente de EE. UU. ya no es política o diplomacia de un partido sino de todo un gobierno y del Estado. Por lo tanto, a la postre, se encontrará la misma solidaridad entre las políticas que realiza uno y otro partido (tanto en el plano nacional como internacional), encontrando sólo diferencias de matiz o de dimensionamiento de las políticas de Estado; puede dar más importancia al diálogo internacional y el consenso multilateral uno u otro partido, o puede hacer más énfasis en el gasto social y el reparto de la riqueza uno u otro partido, pero las políticas estatales de fondo (el consenso que en EE. UU. llaman bipartisano o bipartidista será el mismo, incluso con episodios de populismo o anti-política como el que, en cierta medida, ha protagonizado Trump). Y, ¡ojo!, esto no es cinismo sino realismo político, es decir, una política de equilibrio de poderes o moderación, otra cuestión es que esta política tenga una derivada vergonzosa y es el cinismo, donde parece (y a veces es cierto) que los partidos se reparten el poder a expensas de la ciudadanía, corrompiendo las instituciones y degradando los principios y valores constitucionales. Para mayor abundamiento sobre esta tesis añadir que, desde la Convención Nacional Republicana de Cleveland de julio del año pasado, se puso completamente al servicio de la estrategia electoral del Partido Republicano, sin renunciar al programa que había defendido durante las Primarias y que, básicamente, se puede caracterizar como un nacionalismo de derechas (en la línea de Steven Bannon, Pat Buchanan, etc... ). A este respecto, sólo recordar que Reince Priebus, presidente ejecutivo del Partido Republicano, fue nombrado por Trump jefe de personal (podríamos decir, su “recursos humanos”) de su gabinete al comienzo de su mandato. Si el Partido Republicano quiere aspirar a la Casa Blanca en 2020 tendrá que resolver de nuevo la fractura entre sus dos alas (centristas y derechistas), haciendo que sus votantes digieran las políticas de interés nacional.

  • Corea del Norte: Si Corea del Norte realiza un nuevo “ensayo nuclear”, EE. UU. atacará, en la línea de lo que hizo en Siria el viernes 7 de abril, simplemente porque una Corea del Norte con armamento nuclear es una amenaza para sus intereses en el Sudeste Asiático. Corea del Norte tiene “prohibido” por la ONU realizar ese tipo de ensayos... [La resolución 2094 del Consejo de Seguridad de la ONU de 2013 condena cualquier tipo de prueba militar de Corea del Norte que pueda ser considerada una provocación por otros países y exhorta a tomar medidas internacionales para eliminar el programa nuclear norcoreano con fines militares] Si Corea del Norte lo hace y EE. UU. se cerciora, o dice cerciorarse (que no es lo mismo) que Corea del Norte lo ha hecho, el ataque (que llaman preventivo, lo cual es tan sólo un eufemismo) se producirá, Corea del Norte contra-atacará... y podemos llegar a encontrarnos en un escenario de “guerra regional” que involucre a Japón, cuya fase final fuera la invasión de una de las dos Coreas. Otra cuestión es la prueba de misiles balísticos de medio alcance (el largo llegaría hasta EE. UU., y Corea del Norte dice también haberlo desarrollado), que también preocupa a EE. UU. y sus aliados regionales; que se produzcan estas pruebas también recalienta la región y, digamos, no ayuda a normalizar las relaciones... Pero es que Corea del Norte lleva un camino ascendente de tensionamiento de las relaciones (lo último ha sido la ruptura de cualquier relación estatal con Corea del Sur) que sólo puede conducir a la catástrofe política. Un paso intermedio en esa escalada de la tensión se produjo en 2010 con un lanzamiento cruzado de misiles entre Corea del Norte y Corea del Sur que alcanzó una base militar de este último país y produjo víctimas mortales entre militares y civiles. De manera que, sí, con la nueva administración estadounidense (de Trump, pero creo, honradamente, que sería igual con cualquiera de los otros candidatos que tenían más probabilidades de salir elegidos: con Hillary Clinton o con Ted Cruz, en caso de que hubiera sido el nominado por el Partido Republicano en la Convención de Cleveland, a Bernie Sanders le quito cualquier oportunidad de que saliera elegido presidente en las elecciones de noviembre), con la nueva administración de EE. UU. también están dadas las condiciones para que en el caso de Corea del Norte se produzca un salto cualitativo en la confrontación (como en Siria), no a mejor [en el sobreentendido de que no se escriben estas líneas para alentar la catástrofe sino para prepararnos para lo que pueda pasar y evitar el peor escenario].

  • En el caso sirio, y con la misma lógica con la que aviso sobre el caso de Corea del Norte, digo que se prepara en un plazo de tiempo relativamente breve (con la mira puesta en la entrada del verano) de un recalentamiento de la situación para aproximarnos al escenario estratégico de Irak 2003, aunque con notables diferencias con respecto a aquel escenario: no habrá un masivo envío de equipamiento militar y soldados de EE. UU., porque el Pentágono preferirá seguir haciendo el envío discretamente como hasta ahora, pero se buscará cualquier tipo de excusa política como que hay que reforzar a la “oposición moderada” o así, el resultado creo que será el repunte del conflicto, especialmente en su versión más terrorífica y agresiva, intentando el enésimo asalto a la cúpula del Estado, y esta vez la dirección de toda la operación recaerá sobre EE. UU., será el mismo Pentágono quien supervise y organice toda esta campaña, combinando a las distintas facciones opositoras, aprovechando sus connivencias con el terrorismo de Al Qaeda y el Estado islámico, y organizando toda la fuerza militar que ya hay sobre el terreno, especialmente en los países que limitan con Siria. El objetivo es volver a intentar, un año más, el asalto al poder en Siria, pero con mayor margen de éxito que en el pasado; y evitando que esta tentativa pueda desencadenar un conflicto directo entre las potencias occidentales (que están sobre el terreno) con Rusia, la posibilidad existe, y todo lo sucedido a las relaciones entre Rusia y Turquía a propósito del conflicto sirio es una buena advertencia para estar prevenidos.

    Ah, y para terminar, el conflicto abierto con Corea del Norte, aunque indirectamente, también tiene que ver con el recalentamiento de la situación en Siria. Sólo hay que recordar que el informe hecho “ad hoc” (ajustado) de Israel para justificar la agresión de Trump a Siria apuntaba a Corea del Norte como “suministradora de armas químicas a Siria”.

(1) El general Wesley Clark, como muchos demócratas durante la guerra de Irak, la criticaban porque no la consideraban eficaz para combatir el terrorismo internacional en la versión de Al Queda, aparte de que Saddan Hussein tuviera o no tuviera armas de destrucción masiva. Creo que el tiempo ha dado la razón a Clark. Aunque, claro, el caso es que EE. UU., en una coalición internacional por él dirigida, invadió Irak, aprovechando una mandato de la ONU por los pelos (todo hay que decirlo, provocado ex profeso para avalar la invasión: resolución 1441 del Consejo de Seguridad de la ONU de 2002). Entonces, una vez que se ha producido la invasión (con apoyo internacional), lo menos que se puede pedir a la potencia invasora es que lo haga de la manera más eficaz, con el menor riesgo para la población civil, y garantizando el restablecimiento del orden jurídico-político del país lo antes posible. Irak tardó 4 años en empezar a ver la luz al final del túnel, después de la invasión.

(2) En sentido estricto, la experiencia militar de los estadounidenses en la guerra de Vietnam no fue una experiencia de contra-insurgencia sino de apoyo a Vietnam del Sur en su lucha contra Vietnam del Norte (aunque esta guerra también adquiriera una dimensión “insurgente” al combinarse con fórmulas de guerrilla campesina y urbana). En cambio, la guerra de Vietnam sí que ofreció a EE. UU. la oportunidad de desarrollar armamento químico y bacteriológico.

(3) A pesar de lo que dijeron después del ataque del 7 de abril los funcionarios de la oficina del presidente yanki acerca de que se informó previamente a Rusia, me creo mucho más la versión rusa de que no fueron informados y por eso mantuvieron el protocolo de colaboración con los militares estadounidenses que impedía que estuvieran alerta ante cualquier movimiento hostil de su parte. En cualquier caso, si se siguen las noticias en torno a las denuncias públicas de EE. UU. en torno al presunto ataque químico en los días previos al 7 de abril, se llega a la conclusión de que el ataque tampoco deb coger del todo por sorpresa a sirios y rusos. El mismo ataque, de unos 60 misiles, no fue precisamente un éxito, y tuvo una repercusión más publicitaria o psicológica que político-militar en el curso del conflicto; el mismo hecho de que se quisieran evitar víctimas entre los militares rusos que estaban en la base da una idea de las dificultades que podría encarar una operación occidental de envergadura para invadir y enfrentar a la República Árabe Siria, en caso de que se quisiera reproducir el escenario bélico de Irak en 2003.  



Artículos en archivo pdf sobre el ataque terrorista de la Administración Trump a una base militar siria: https://drive.google.com/open?id=0B2vwkwtf9Tb9RUlDMmZmYjRLNGc


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Un Mundo Multipolar: https://www.facebook.com/groups/301202956654207/