lunes, 1 de mayo de 2017

Elecciones presidenciales en Francia: ¡todo el poder para Macron!

Por Benito García Pedraza

Estas elecciones francesas estaban preparadas para que ganara el candidato de la derecha, Fillon, y, sin embargo, ha ganado un independiente. ¿Cómo ha sido esto posible?

El final de la presidencia de Sarkozy fue acogida con alegría, casi con alborozo. Sin embargo, el nuevo presidente de Francia decepcionó rápidamente las expectativas puestas en él. En política exterior era un continuista de Sarkozy, y en política interior representaba un moderado giro a la izquierda: todos los comentaristas políticos de las elecciones presidenciales de 2012 coinciden en la "ambigüedad" del candidato del Partido Socialista Francés, François Hollande (que llegó al poder cantando "La vie en rose"), una burda imitación de François Mitterrand (1), empezó su mandato dejándose querer por los sindicatos al manifestar su determinación en la defensa de la industria nacional, pero estas manifestaciones no dejaban de ser vacilantes y zigzagueantes, al servicio de los intereses del capital transnacional y, más concretamente, de la alianza atlántica pro-occidental, para acto seguido ponerse del lado de ese gran capital trans-atlántico; como resultado del mantenimiento de esta alianza estratégica, obligó a Peugeot a romper su relación comercial con Irán, mantuvo los permisos para la explotación del gas y el petróleo de esquisto, y ratificó el apoyo a la oposición terrorista anti-siria.

Para vencer en la segunda vuelta de las presidenciales, François Hollande había contado con el apoyo de una parte de la derecha que no comulgaba con Sarkozy. Así, Hollande se convirtió en un candidato "centrista". Pero ese centrismo acabó siendo su sepultura política.

Atrapado en las redes de la política exterior francesa, que se teje con un nuevo imperialismo nostálgico del pasado colonial en el África negra y los países árabes, obligado a entenderse con Alemania, donde el centro-derecha de Merkel gozaba de gran popularidad, y comprometido con sus alianzas políticas internas para dar estabilidad a su gobierno, el margen de maniobra de Hollande era muy estrecho. Aún así afrontó una agenda progresista, centrada en la redistribución de la riqueza recaudada por los impuestos, la defensa de los derechos sociales y civiles (frente a la derecha tanto neoliberal como nacionalista), y el apoyo a la Europa social (eurobonos, unión fiscal, plan Marshall II y combate del desempleo juvenil).

Pero la coyuntura histórica no perdonaba. Estaba obligado a entenderse con Merkel, el Reino Unido se debatía entre un nacionalismo separatista y otro de gran potencia, y la crisis mundial, cuyo efecto colateral era el recalentamiento de los conflictos regionales y del terrorismo internacional, no cesaba.

Sin atacar directamente a los sindicatos y ni ser la principal diana de sus invectivas, como ocurre con el Frente Nacional, afrontó una reforma laboral que le valió, en cualquier caso, su animadversión (primavera de 2016: "Francia encara otra dura semana de huelgas contra la reforma laboral").

La crisis del terrorismo internacional, que pasó a ser una crisis netamente francesa, fue su flanco débil más destacado pero es que, en realidad, su gestión no tuvo mayores diferencias con respecto a la de Sarkozy, incluso encarando un aumento de la conflictividad social y civil (que era el medio favorito utilizado por Sarkozy para subir de popularidad).

Un sarkozismo "social", era la mejor definición que podíamos dar de la etapa de Hollande. En definitiva, no convencía a nadie; la República francesa funcionaba con el piloto automático y, ¿quién estaba al frente? Una confluencia de intereses conjurados para que las cosas no fueran a peor.

Hollande fue un gran fraude, un fraude realizado con la bandera del Partido Socialista Francés y enjuagado con la historia del movimiento obrero del país, pero un fraude, al fin y al cabo, y los primeros que se dieron cuenta de ello fueron los propios obreros: la reforma laboral de Hollande (que es un retroceso con respecto al último gobierno socialista de Lionel Jospin) era enfáticamente defendida por su ministro de economía de entonces, Emmanuel Macron, que no en vano también defendía la reforma laboral aplicada por la derecha en España.

El delfín político de Hollande, Manuel Valls, recibió una sonora derrota en las Primarias del Partido Socialista Francés. Las bases a posteriori apostaban por una versión "radicalizada", y en cierta forma naif, del socialismo galo: Benoit Hamon.

Pero había otro "socialista" que aspiraba a ser el nuevo presidente de la república francesa, y que no había corrido las primarias de su partido, era, precisamente, aquel ministro de economía de Hollande que le ayudó a introducir la receta económica neoliberal en su gobierno en contra de la izquierda de su partido y de los sindicatos, el "enarca" (como Hollande) Emmanuel Macron.

El Partido Socialista Francés vacilaba y giraba sobre sí mismo, parecía que el centro-derecha francés las tenía todas consigo para hacerse cargo de la política de la república. Sarkozy había quedado derrotado en las Primarias de su partido, contra todo pronóstico, en favor del que fuera su primer ministro, François Fillon. Fillon planteaba un programa, si cabe más a la derecha que Sarkozy en materia económica y de derechos sociales, un nacionalismo de nuevo cuño que recuperara la "grandeza" de Francia. Entonces, sobrevino la catástrofe para la candidatura presidencial del centro-derecha francés, la prensa, independientemente de si lo hizo o no a instancias de los adversarios políticos de Fillon, empezó a sacar corruptelas y corrupciones del candidato centro-derechista de las que no quedó bien parado nadie, ni su esposa, ni sus hijos y, por supuesto, ni el mismo... todavía después de perder la primera vuelta de las elecciones presidenciales seguía sacando cosas de él (2).

Fillon fue víctima de su propio éxito en la derecha francesa, convenció a sus seguidores más fieles, pero no convenció al resto de la sociedad (3), y al "centrismo" histórico francés lo empezó a tener en su contra.

Resultado, el centro-izquierda estaba perdido, y el centro-derecha hacia aguas. El ex-ministro de Hollande, Macron, tenía el camino libre para progresar en su ambición presidencial frente a la candidata "populista" (ultra, etc.) de la derecha.

Qué podemos esperar de novedoso de la política de Macron. Esencialmente, nada. Va a ser una continuidad de las políticas de Hollande y Sarkozy, con las consiguientes adaptaciones a los nuevos tiempos. La República francesa gira levemente a la izquierda, lo justo para defender el "status quo" y, además, sigue el enfrentamiento con los sindicatos que inauguró Hollande. Mejor imposible, pensarán en la CGT.

Donde están muy contentos con la victoria de Macron es en Alemania. Esperaban su victoria, la animaban, la alentaban. Salió hasta un vetusto filósofo, de la no menos vetusta Escuela de Frankfurt, a apoyarla. Se coló hasta un agitador trotsko, agente toda su vida de la R. F. A., en uno de los últimos mítines de Macron para animarla. Todo el establishment europeo estaba comprometido con Macron, la intelligentsia "bien pagada", los mercados financieros, los financistas de las guerras de Oriente Medio, todo el mundo detrás de Macron para que ganara. Qué podía hacer Fillon. Aguantar el chaparrón, que ya era bastante.

Eso quiere decir que no hay nada nuevo bajo el sol... No, no, hay bastante... Para empezar, el eje franco-alemán va a recuperar una vitalidad como no se conocía desde la caída del muro de Berlín. Inglaterra (y Escocia, Gales e Irlanda del Norte) se van de Europa en lo político, no en lo económico, y la Europa continental tiene que hacer frente a las contingencias mundiales "sola". Al Norte tenemos al oso ruso que nos ningunea (es un decir) el gas (tan necesario en invierno), en el Este se acaba de instaurar una dictadura islámica en Turquía (o está en ciernes), los países árabes del Mediterráneo arden (por la acción de Europa), y en América nos ha salido un hermano gruñón y protestón. Europa está sola, tenemos que unirnos. Por lo tanto, eje franco-alemán potenciado al máximo, si a eso se quieren unir los españoles y los italianos, mejor, porque, al fin y al cabo, ese capitalismo franco-alemán es allí donde se negocia. Las instituciones de la Unión Europea se tienen que rendir a esa "socialdemocracia" light, porque va a promover negocios a cambio de derechos y los sindicatos, si saben lo que les conviene, se amoldarán a la sintonía franco-alemana, o de lo contrario les quedará la marginalidad. El centro-derecha se resignará, primero porque sus intereses socio-económicos no corren peligro, y segundo porque sabe que esto sólo puede durar una temporada, luego les volverá a tocar a ellos mandar. Con Aznar, Merkel, Sarkozy, Berlusconi y Rajoy, llevan gobernando Europa desde comienzos de siglo. Y qué era Blair, sino un "socialdemócrata" light. Bien, pues ahora tenemos a otro igual, y es francés. Ha advenido la era de los negocios, a Europa y a todo el mundo, y la Unión Europea es un gran negocio, la guerra es un gran negocio, America First es un gran negocio. Pero también es la era de las regiones mundiales. Qué se pretende en Oriente Medio, regionalizar los conflictos para tener a varios países al borde de la muerte. Qué pretende la Unión Europea, construirse de forma autónoma, frente a Rusia y a la América de Trump.

Qué trata de hacer ahora China, asegurarse el liderazgo en el Sudeste Asiático una vez que Trump ya ha dicho que su prioridad está en su propio país.

Es decir, se abre la era de los negocios después de la crisis más profundas que ha vivido el sistema capitalista mundial, pero no se abre la era de la paz. Será una era de estabilidad inestable, de estabilidad relativa.

De manera que Macron dice que no va a entrar en Siria si no es con apoyo de la ONU. No tiene que preocuparse al respecto. Francia ya interviene en Siria de diversas maneras. Y tal atención la corresponden los terroristas aumentando sus planes para atentar en suelo europeo, y galo, más concretamente.

Es que es tan fácil crear una "causa de guerra", y luego emplear a la ONU para que arregle el desaguisado. Al respecto, ya tenemos ejemplos en Kosovo (1999) y en Irak (2003).

Napoleón I, Napoleón el Grande, tuvo un sobrino, al que apodaron el "pequeño Napoleón". El "pequeño Napoleón", Napoleón III, era liberal y progresista, hasta abogaba por la Europa de las naciones (4). Pero pasó a la historia por dar un golpe de Estado, (que le valió que le llamaran el "pequeño Napoleón") (5), y por entrar en guerra con Prusia (tras la cual se declaró la Comuna de París). A Sarkozy le ha salido un sobrino político, se llama Emmanuel Macron (6).


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(1) Cuando François Mitterrand llegó al poder en 1981, apoyado por los comunistas y los radicales de izquierda, puso en marcha un ambicioso programa de nacionalizaciones que afectó a la banca y la industria energética, del que se tuvo que desdecirse dos años más tarde: https://www.bbva.com/es/noticias/artes-cultura-espectaculos/historia/100-anos-mitterrand-nacionalizacion-la-banca-politica-economica/

(2) Se trata de una tesis "clásica" del marxismo (al menos, así yo la aprendí de Lukàcs): sólo son dos las clases que pueden unir a toda la sociedad, la burguesía o el proletariado; Fillon estaba en condiciones de unir a "su partido", pero no de unir a toda la burguesía del Estado francés, arrastrando con ella a la pequeña burguesía y a una parte de la "aristocracia obrera" (los obreros cualificados), previamente desvinculados de sus organizaciones "naturales" (sindicatos y partidos de izquierda). Por la misma razón, el señor Melenchon no estaba en condiciones de plantear un programa "sugestivo" (por utilizar la expresión de Ortega y Gasset) para toda la sociedad francesa, sino tan sólo de unir a la miriade de organizaciones y organizacioncillas de izquierda, es decir, tanto Fillon y Melenchon salvaron los muebles para sus partidos, pero no ofrecieron nada nuevo, un verdadero cambio para su sociedad. En su defecto (cuanto tanto la burguesía como el proletariado son ineficaces en unir a toda la sociedad), surge un nuevo bonapartismo (esto lo enseña Gramsci, cuando no se lo lee con una mentalidad cerrada ni atrincherada en uno de los dos bandos que hoy disputan su herencia), que puede ser progresivo o regresivo, "progresivo" (por paradójico que resulte) en el caso de Macron, regresivo (por obvio que resulte) en el caso de Le Pen.

(3) La misma campaña sucia en la prensa la tuvieron que afrontar Le Pen y Macron, en el caso de Le Pen, la cosa ya venía de antes del comienzo de la campaña y tenía que ver con su empleo como europarlamentaria. Pero para ninguno de los dos candidatos esta campaña fue tan devastadora como lo fue para Fillon.

(4) Napoleon III se embarcó en la unificación de Italia junto a la Casa Real del Piamonte, así como en una serie de aventuras coloniales fuera de Europa en Crimea, Siria y México.

(5) Las dotes del príncipe Bonaparte como conspirador y golpista se acreditaron desde su juventud y, dispuesto como estaba a llevar a la sociedad por el camino de la libertad y el progreso, aunque fuera de forma violenta, no dejaron de volver a manifestarse una vez que ganó la presidencia de la II República francesa por elecciones.

(6) La verdad es que, hoy en día, la historiografía pone en duda que Carlos Luis Napoleón Bonaparte (Napoleón III) fuera realmente el sobrino consanguíneo de Napoleón Bonaparte (Napoleón I, fundador de la dinastía imperial de los Bonaparte), pero, a juzgar por su temperamento y argucias, tampoco desmerecía la herencia de su presunto tío.


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